Relato negro. Un juego macabro

El primero en morir fue Sam Connors. Nadie podía creerse semejante noticia. Sam era un joven inteligente y agradable, muy atractivo, un atleta laureado a punto de entrar en la universidad. Un inmortal por definición.

Lo encontraron atado a un árbol, desnudo y asaeteado como un venado en una cacería medieval. Sí, asaeteado.

Nunca me había enfrentado a un asesinato semejante, en el que el arma homicida fuera una flecha. En realidad, muchas fechas. Once en concreto. Al menos, esas eran las heridas que tenía el cadáver, porque no encontramos ni una sola flecha, ni en el cuerpo ni a su alrededor. Después de matarlo, el asesino se entretuvo en arrancar las saetas de la carne. De no ser por algunas astillas de madera y restos de metal que encontró el forense en el interior de las heridas, lo que le llevó a determinar el tipo de arma utilizada, para asombro de todos, habríamos jurado que había muerto apuñadado.

¿Qué clase de persona arranca las flechas del cadáver después de practicar puntería con él? Las flechas no llevan número de serie, ni ningún rasgo distintivo. No es que cualquiera tenga flechas en su casa, pero quien las tenga no puede ser acusado de homicidio por el simple hecho de tenerlas. No es como un arma de fuego, que deja en la bala unas estrías características, como un documento de identidad único.

El segundo cadáver que apareció fue el de Rhonda Myers, mujer, 52 años, afroamericana, profesora de química en el instituto local, casada y madre modelo de tres adolescentes. Temida y respetada a partes iguales por profesores y alumnos. Todos juraron que la echarían de menos, porque aunque dura, sabían que era justa.

La encontramos dentro de una alcantarilla, literalmente cubierta de mierda, después de que un vecino avisara a la policía. Vio brillar algo dentro del colector, que resultaron ser los diamantes de imitación que la señora Myers llevaba en la diadema con la que se retiraba el pelo de la cara.

El arma homicida… un arpón para cazar tiburones. O para repelerlos, no estoy seguro. En cualquier caso, se trataba de un arpón que, extendido en toda su longitud, medía dos metros de largo, la mitad si estaba recogido, un instrumento aún más extraño que las fechas, sobre todo teniendo en cuenta que la playa más cercana está a casi mil kilómetros de aquí. Y sabemos que se trata de un arpón de tiburones porque, esta vez, no se llevaron el arma, sino que la dejaron atravesando de lado a lado a la pobre señora Myers, que quedó casi partida por la mitad.

El tercero en morir fue Jim Strike, mi compañero. Su mujer me llamó para decirme que no había vuelto a casa la noche anterior. Lo encontramos al amanecer, sentado en su coche, con el corazón atravesado por un piolet de escalada.

Vivimos en una planicie interminable, una explanada en la que la colina más alta es la que cada año forma Phil Murray con los excrementos de sus vacas. No hay montaña, como tampoco hay mar.

Una flecha, un arpón, un piolet.

Tenía que llamar a los federales. Esto era demasiado para un poli de pueblo acostumbrado a mediar en peleas de borrachos, dirimir problemas de lindes, algún que otro caso de violencia doméstica y buscar reses perdidas. Ni una muerte no natural en veinte años, ¡ni una! Y ahora tenía sobre la mesa tres asesinatos en poco más de semana y media. Y uno de ellos, el de mi propio compañero. Sin Jim, la plantilla de la policía de Holloday (como suena, no hay un error, no se trata de «vacaciones» con errata. O quizá sí, pero así se ha llamado toda la vida) se reducía a una administrativa a tiempo parcial, la señorita Mulligan, y dos oficiales, Stephen Doyle y Marc Young. Juntos formábamos una banda de WASP de manual. Blancos, anglosajones y protestantes. Además de cuarentones, casados y abnegados padres de familia. En mi casa, por ejemplo, me esperaban mi esposa, Ann, y mis dos hijas, Helen y Alexia, de 15 y 17 años respectivamente.

Tres funerales en diez días… Aquello era demasiado para cualquiera. La gente tenía miedo, solo salían de su casa si era necesario y, si lo hacían, caminaban mirando a cada momento por encima de su hombro. Ese miedo provocó que apenas acudieran unos pocos vecinos al sepelio de Jim. Constantemente, incluso durante el servicio religioso, mi teléfono vibraba con mensajes de vecinos que aseguraban haber visto algo sospechoso rondando cerca de su casa. Se avistaron, por este orden, una banda de peligrosos moteros (que resultaron ser Andrew Thomas y su hijo que volvían a casa con sus viejas y estruendosas motocicletas), una banda de negros (la familia de la señora Myers, que vino desde Philadelphia para asistir al funeral) y un platillo volante (para eso no encontramos explicación, más allá de la botella de whisky que Buster, quien nos avisó del avistamiento, se había trasegado él solito un par de horas antes. Le dejamos durmiendo la mona mientras sus ojos seguían viendo lucecitas blancas y moradas en el cielo).

Tras el funeral de Jim, me despedí de su mujer y sus hijos, que se comportaron como dos valientes durante toda la ceremonia, sosteniendo a su madre y sin derramar ni una sola lágrima, y conduje despacio hasta mi casa. La pregunta que me rondaba la cabeza desde el principio, y que sabía que era imprescindible responder para poder avanzar en la resolución del caso, es quién podía tener esas armas en su casa.

En el pueblo nos conocíamos todos desde pequeños, todas las familias llevaban varias generaciones asentadas en la localidad y hacía al menos dos décadas que no recibíamos forasteros. Los últimos en llegar, de hecho, fueron los Myers, cuando la difunta Rhonda aceptó el puesto de profesora en el instituto.

No imaginaba que ninguno de mis vecinos pudiera guardar en su garaje unas flechas, un arpón y un piolet, y mucho menos utilizarlos para matar a nadie.

La investigación estaba en punto muerto. Los resultados de las autopsias eran desconcertantes: ninguna de las víctimas luchó antes de morir, lo que podría entenderse en el caso de la señora Myer, ya que un arpón puede lanzarse a distancia, pero para clavar un piolet, el cuerpo de víctima y atacante no pueden estar a más de un metro de distancia, el largo de un brazo; y no hay que olvidar que a Sam Connors lo ataron a un árbol completamente desnudo.

No se les conocía enemigos, no habían discutido con nadie, ni recientemente ni en el pasado, no tenían deudas, ni vicios inconfesables. De hecho, ninguno de los tres fumaba, y tanto Jim como Rhonda eran abstemios convencidos. No diré lo mismo de Sam, pero con veinte años es normal echar un trago de vez en cuando…

Llegué a casa desmoralizado, hundido, dispuesto a llamar a la caballería al día siguiente.

—Mañana llamaré al FBI —anuncié en cuanto me senté a la mesa. Mi mujer y mis hijas me esperaban con la cena preparada.

—¿Y porqué tienen que venir de fuera, papá? —me preguntó Helen, la menor de las dos—. Tú eres el sheriff, resolverás el problema.

—No es un problema, cariño, son tres cadáveres, tres asesinatos sin resolver, y lo peor es que no tengo ni idea de por dónde empezar a buscar.

—Yo no les llamaría todavía —intervino a Alexia—. Luego se querrán quedar con todos los méritos.

—Pues que se los queden, mientras se lleven también al asesino.

—O asesinos. ¿Lo has pensado, papá?

No, no lo había pensado. Desde el principio di por hecho que se trataba de un único homicida, un loco que se había pasado por Holloday y había dado rienda suelta a sus instintos sangrientos. Quizá ya ni estuviera en el pueblo. Preguntaría en las localidades cercanas, por si tenían casos similares, antes o después de los nuestros.

Miré a mi mujer. Estaba extrañamente callada.

—¿Te encuentras bien, cielo? —le pregunté.

Ella sacudió un poco la cabeza y sonrió.

—Tengo jaqueca. Llevo toda la tarde mareada y con el estómago revuelto; me temo que estoy incubando algo.

—Será mejor que te acuestes y descanses. Si mañana sigues así, llamaremos al doctor Perkins.

—Sí, será lo mejor. Niñas, ¿recogeréis vosotras la mesa?

—Claro, mamá. Que descanses.

Como un resorte, las dos se levantaron mientras su madre se dirigía escaleras arriba hacia nuestro dormitorio. Alexia y Helen recogieron la mesa y fregaron los platos en silencio, mientras yo seguía sumido en mis propios pensamientos.

Las muertes, las víctimas, las armas… nada tenía sentido.

—Papá —me llamó Alexia—, ¿puedes bajar al sótano y echarnos una mano con un proyecto que tenemos que hacer?

—¿Las dos?

Mis hijas se llevan dos años y dos cursos, me extrañó que trabajaran juntas.

—Bueno, el proyecto es mío, pero Helen me está ayudando. De hecho, es mejor que yo en esto. También ha ayudado a algunos de mis compañeros, es buenísima resolviendo problemas.

—Vaya. Claro, os ayudaré encantado. Me vendrá bien distraerme con algo.

Bajamos al sótano, que hace años acondicionamos como sala de juegos y de estudio para las chicas. No era el típico sótano tenebroso de las películas, sino un amplio salón bien iluminado con televisión, un par de butacas, mesas, sillas, estanterías y equipo de música.

Bueno, ese día estaba un poco diferente. Quizá se debiera a que hacía mucho que no bajaba. Seguro que las chicas contaron con la aprobación de Ann para hacer los cambios.

La mesa más grande estaba ahora en mitad de la sala. Sobre ella, un montón de objetos descansaban tapados por una enorme sábana. Apenas se adivinaban su siluetas bajo la tela. Un plástico grueso cubría buena parte del suelo, desde la mesa hasta la pared del fondo, y habían colocado una silla en el centro.

—Necesitamos que te sientes en la silla. Se trata de un experimento de velocidad, peso y resistencia —me pidió Alexia.

—¿Para física?

—Más o menos.

Me senté.

—Echa las manos hacia atrás, por favor.

Lo hice.

Un segundo después, con un movimiento extraordinariamente rápido e inesperado, Helen me cogió las muñecas y me inmovilizó con mis propias esposas. Con la misma rapidez, Alexia se agachó y me ató las piernas a las patas de la silla con unas bridas de plástico. Estaba inmovilizado.

—¿Qué hacéis? Esto no tiene ni pizca de gracia. Y os he dicho un millón de veces que no podéis tocar mis herramientas de policía. Nunca. Son peligrosas.

—No te preocupes, papá. No lo volveremos a hacer. Nunca.

Me pareció que había cierto sarcasmo en sus palabras, pero me dije que no, que era imposible que mi niña, mi pequeña Alexia, hablara con ese tono a su propio padre.

—Bien, ¿me vais a explicar qué estáis haciendo?

—Vencer —respondieron las dos al unísono.

—Vencer ¿a quién?

—A los pardillos de nuestros amigos.

—No lo entiendo…

—Verás, hemos hecho un reto. Empezó Kevin Connors.

—El hermano de Sam… —musité.

—Sí, su hermano. Viene a mi clase, también tiene diecisiete años, aunque parece un crío. Ganó un montón de puntos por ser el primero, no era fácil, pero lo que hizo fue muy sencillo. Y además, aunque no lo reconoce, estoy convencida de que le ayudaron. Seguro que Matt o John le echaron una mano. Él solo no podría atar a Sam a un árbol, ni obligarle a que se desnudara. Pero no tenemos pruebas, así que puntuamos en base a los resultados.

—Era lo justo —intervino Helen, que estaba ocupada manipulando unas maromas que ascendían hasta las vigas del techo.

—¿Kevin mató a su hermano?

—¿A que parece increíble? Pues sí, lo hizo. Y eso que tiene toda la pinta de ser un mequetrefe asustadizo. ¡Nos dejó a todos pasmados! La flecha era de su bisabuelo, que fue trampero.

—¿La flecha? ¿Sólo una? ¿Le clavó once veces la misma flecha?

—Ajá.

—Dios mío… Soltadme, tengo que ocuparme de eso. Os ayudaré después, prometido.

No sé si no me oyeron o hicieron como que no me habían oído.

—Mia Myers subió la apuesta. Lo suyo fue increíble. Compró un arpón por internet, en una página de útiles de pesca, e hizo que se lo enviaran a un buzón de recogida de paquetes de Loversville. Le pidió el coche a su madre para ir a entrenar, pero en lugar de eso fue hasta allí, recogió el paquete y volvió.

—¡Oh, Dios! —no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—Lo mejor es que sus padres no se podían enterar de que no había ido a entrenar, así que, antes de volver a casa, paró el coche detrás de la gasolinera y comenzó a hacer flexiones para sudar y mancharse la ropa. Esa tía es un genio, de verdad te lo digo, papá.

—Pero… Rhonda estaba en una alcantarilla…

—Fácil —siguió Alexia con una enorme sonrisa en la boca—. Por la noche no hay nadie en la calle en esta mierda de pueblo, así que la subió al coche, bien envuelta en un plástico como este, condujo hasta detrás del colegio, levantó la tapa de las cloacas y la lanzó dentro. Yo pienso que aquí también la ayudaron, quizá su hermano mayor, porque no creo que pudiera llevar ella sola el cuerpo, con el arpón puesto, hasta el coche, pero ella dice que no y, una vez más, valoramos los resultados, que son muy buenos.

—Soltadme… —balbuceé.

—Y luego le tocó a Arthur Strike.

—El hijo de Jim.

—Sí. Es el que menos puntuación ha conseguido hasta ahora, será fácil de superar. Imitó a Mia y compró un piolet por internet, pero se lo trajeron a casa. Le dijo a su madre que eran unas zapatillas, y ella ni siquiera lo comprobó. El reto tampoco tuvo demasiada complicación. Llamó a su padre para que fuera a recogerlo al parque que hay a las afueras, junto al merendero. Le preguntó qué hacía allí, pero le dijo que luego se lo explicaría. Cuando su padre llegó, se subió al coche, le clavó el piolet en el pecho y se marchó con la bici con la que había ido. Como digo, demasiado simple. Le hemos dado un par de puntos más porque su padre era policía e iba armado, pero aun así, creo que hemos sido demasiado generosos.

—Por el amor de Dios, esto ha ido demasiado lejos, ¡soltadme ahora mismo! No diré que me lo habéis contado, podréis declarar como testigos protegidos.

—No, papá. Ahora me toca a mí.

—Con mi ayuda —le cortó Helen.

—De acuerdo, con ayuda de Helen, pero todos han tenido ayuda, aunque no lo digan.

No daba crédito a lo que estaba oyendo. ¿Mis propias hijas…?

—Vosotras….

—Lo que hemos preparado parece sencillo, pero no lo es en absoluto. —Se alejó un poco y levantó la tela que cubría la mesa, mostrando una variada y macabra colección de objetos mortíferos—. Hemos reunido todas estas cosas, pero es muy vulgar, aburrido, así que se nos ocurrió algo realmente genial.

Mientras hablaba, se acercó a un trípode que sujetaba su teléfono móvil. Manipuló la pantalla, se puso delante y saludó sonriente a la cámara.

—Listo —anunció Helen.

—Tendremos que cortar esta parte —protestó Alexia—, no quiero que salgas en la película o tendrán pruebas de tu colaboración.

—De acuerdo, como quieras —repuso la pequeña con un mohín irritado.

Alexia saludó de nuevo a la cámara y empezó a hablar como si fuera una presentadora de televisión.

—¡Todo listo! Ese que está sentado en la silla es mi padre, el sheriff Patrick White. Está atado, inmóvil. ¡Le he esposado con sus propias esposas! Como veis, sobre su cabeza hemos colgado un enorme yunque de hierro, de los que utilizan los herreros, aunque tengo que reconocer que a mí la inspiración me la han dado el coyote y el correcaminos, y todos esos dibujos animados a los que les lanzan yunques a la cabeza y se les queda así, aplanada, como un plato. ¡Es súper divertido!

—Alexia —la llamé, desesperado—. Alexia, escúchame. Esto no es un dibujo animado. Si ese yunque me da en la cabeza, me matará. No sobreviviré. No será divertido.

—Oh, papá, lo sé. No soy idiota. ¡Pero sí que será divertido! Por eso lo hacemos, porque vivir en este pueblo es un completo y absoluto aburrimiento.

—Por favor… ¡Ann! —grité, llamando a mi mujer—. ¡Ann! ¡Socorro!

—Mamá está dormida. Cogí esas pastillitas que toma de vez en cuando y mezclé unas cuantas en la infusión que se toma todas las tardes. Tardará mucho en despertarse. —Se volvió de nuevo hacia la cámara, se sacudió el pelo y sonrió con picardía—. El plan es el siguiente: a la de tres, soltaré este nudo y el yunque caerá sobre la cabeza de mi padre. Luego lo envolveré en el plástico, lo meteré en el coche, junto con el yunque, y lo colocaré en el granero de los Smith. Su hijo es un imbécil.

Intenté con todas mis fuerzas mover la silla, pero fue imposible. Estaba anclada al suelo. Alexia me guiñó un ojo. Habían pensado en todo.

—Ayer cogí el yunque del Museo de Historia Americana. Al principio pensé en devolverlo después de… usarlo, pero luego decidí que sería mejor dejarlo junto a mi padre. Así todos sabrán que este reto ha sido doble: robar el arma y cumplir el reto. ¿Listos?

—¿Reto? ¿Qué reto?

—El kill challenge, papá.

Y soltó el nudo con un agudo chillido de emoción.