Relato negro. Un juego macabro

El primero en morir fue Sam Connors. Nadie podía creerse semejante noticia. Sam era un joven inteligente y agradable, muy atractivo, un atleta laureado a punto de entrar en la universidad. Un inmortal por definición.

Lo encontraron atado a un árbol, desnudo y asaeteado como un venado en una cacería medieval. Sí, asaeteado.

Nunca me había enfrentado a un asesinato semejante, en el que el arma homicida fuera una flecha. En realidad, muchas fechas. Once en concreto. Al menos, esas eran las heridas que tenía el cadáver, porque no encontramos ni una sola flecha, ni en el cuerpo ni a su alrededor. Después de matarlo, el asesino se entretuvo en arrancar las saetas de la carne. De no ser por algunas astillas de madera y restos de metal que encontró el forense en el interior de las heridas, lo que le llevó a determinar el tipo de arma utilizada, para asombro de todos, habríamos jurado que había muerto apuñadado.

¿Qué clase de persona arranca las flechas del cadáver después de practicar puntería con él? Las flechas no llevan número de serie, ni ningún rasgo distintivo. No es que cualquiera tenga flechas en su casa, pero quien las tenga no puede ser acusado de homicidio por el simple hecho de tenerlas. No es como un arma de fuego, que deja en la bala unas estrías características, como un documento de identidad único.

El segundo cadáver que apareció fue el de Rhonda Myers, mujer, 52 años, afroamericana, profesora de química en el instituto local, casada y madre modelo de tres adolescentes. Temida y respetada a partes iguales por profesores y alumnos. Todos juraron que la echarían de menos, porque aunque dura, sabían que era justa.

La encontramos dentro de una alcantarilla, literalmente cubierta de mierda, después de que un vecino avisara a la policía. Vio brillar algo dentro del colector, que resultaron ser los diamantes de imitación que la señora Myers llevaba en la diadema con la que se retiraba el pelo de la cara.

El arma homicida… un arpón para cazar tiburones. O para repelerlos, no estoy seguro. En cualquier caso, se trataba de un arpón que, extendido en toda su longitud, medía dos metros de largo, la mitad si estaba recogido, un instrumento aún más extraño que las fechas, sobre todo teniendo en cuenta que la playa más cercana está a casi mil kilómetros de aquí. Y sabemos que se trata de un arpón de tiburones porque, esta vez, no se llevaron el arma, sino que la dejaron atravesando de lado a lado a la pobre señora Myers, que quedó casi partida por la mitad.

El tercero en morir fue Jim Strike, mi compañero. Su mujer me llamó para decirme que no había vuelto a casa la noche anterior. Lo encontramos al amanecer, sentado en su coche, con el corazón atravesado por un piolet de escalada.

Vivimos en una planicie interminable, una explanada en la que la colina más alta es la que cada año forma Phil Murray con los excrementos de sus vacas. No hay montaña, como tampoco hay mar.

Una flecha, un arpón, un piolet.

Tenía que llamar a los federales. Esto era demasiado para un poli de pueblo acostumbrado a mediar en peleas de borrachos, dirimir problemas de lindes, algún que otro caso de violencia doméstica y buscar reses perdidas. Ni una muerte no natural en veinte años, ¡ni una! Y ahora tenía sobre la mesa tres asesinatos en poco más de semana y media. Y uno de ellos, el de mi propio compañero. Sin Jim, la plantilla de la policía de Holloday (como suena, no hay un error, no se trata de «vacaciones» con errata. O quizá sí, pero así se ha llamado toda la vida) se reducía a una administrativa a tiempo parcial, la señorita Mulligan, y dos oficiales, Stephen Doyle y Marc Young. Juntos formábamos una banda de WASP de manual. Blancos, anglosajones y protestantes. Además de cuarentones, casados y abnegados padres de familia. En mi casa, por ejemplo, me esperaban mi esposa, Ann, y mis dos hijas, Helen y Alexia, de 15 y 17 años respectivamente.

Tres funerales en diez días… Aquello era demasiado para cualquiera. La gente tenía miedo, solo salían de su casa si era necesario y, si lo hacían, caminaban mirando a cada momento por encima de su hombro. Ese miedo provocó que apenas acudieran unos pocos vecinos al sepelio de Jim. Constantemente, incluso durante el servicio religioso, mi teléfono vibraba con mensajes de vecinos que aseguraban haber visto algo sospechoso rondando cerca de su casa. Se avistaron, por este orden, una banda de peligrosos moteros (que resultaron ser Andrew Thomas y su hijo que volvían a casa con sus viejas y estruendosas motocicletas), una banda de negros (la familia de la señora Myers, que vino desde Philadelphia para asistir al funeral) y un platillo volante (para eso no encontramos explicación, más allá de la botella de whisky que Buster, quien nos avisó del avistamiento, se había trasegado él solito un par de horas antes. Le dejamos durmiendo la mona mientras sus ojos seguían viendo lucecitas blancas y moradas en el cielo).

Tras el funeral de Jim, me despedí de su mujer y sus hijos, que se comportaron como dos valientes durante toda la ceremonia, sosteniendo a su madre y sin derramar ni una sola lágrima, y conduje despacio hasta mi casa. La pregunta que me rondaba la cabeza desde el principio, y que sabía que era imprescindible responder para poder avanzar en la resolución del caso, es quién podía tener esas armas en su casa.

En el pueblo nos conocíamos todos desde pequeños, todas las familias llevaban varias generaciones asentadas en la localidad y hacía al menos dos décadas que no recibíamos forasteros. Los últimos en llegar, de hecho, fueron los Myers, cuando la difunta Rhonda aceptó el puesto de profesora en el instituto.

No imaginaba que ninguno de mis vecinos pudiera guardar en su garaje unas flechas, un arpón y un piolet, y mucho menos utilizarlos para matar a nadie.

La investigación estaba en punto muerto. Los resultados de las autopsias eran desconcertantes: ninguna de las víctimas luchó antes de morir, lo que podría entenderse en el caso de la señora Myer, ya que un arpón puede lanzarse a distancia, pero para clavar un piolet, el cuerpo de víctima y atacante no pueden estar a más de un metro de distancia, el largo de un brazo; y no hay que olvidar que a Sam Connors lo ataron a un árbol completamente desnudo.

No se les conocía enemigos, no habían discutido con nadie, ni recientemente ni en el pasado, no tenían deudas, ni vicios inconfesables. De hecho, ninguno de los tres fumaba, y tanto Jim como Rhonda eran abstemios convencidos. No diré lo mismo de Sam, pero con veinte años es normal echar un trago de vez en cuando…

Llegué a casa desmoralizado, hundido, dispuesto a llamar a la caballería al día siguiente.

—Mañana llamaré al FBI —anuncié en cuanto me senté a la mesa. Mi mujer y mis hijas me esperaban con la cena preparada.

—¿Y porqué tienen que venir de fuera, papá? —me preguntó Helen, la menor de las dos—. Tú eres el sheriff, resolverás el problema.

—No es un problema, cariño, son tres cadáveres, tres asesinatos sin resolver, y lo peor es que no tengo ni idea de por dónde empezar a buscar.

—Yo no les llamaría todavía —intervino a Alexia—. Luego se querrán quedar con todos los méritos.

—Pues que se los queden, mientras se lleven también al asesino.

—O asesinos. ¿Lo has pensado, papá?

No, no lo había pensado. Desde el principio di por hecho que se trataba de un único homicida, un loco que se había pasado por Holloday y había dado rienda suelta a sus instintos sangrientos. Quizá ya ni estuviera en el pueblo. Preguntaría en las localidades cercanas, por si tenían casos similares, antes o después de los nuestros.

Miré a mi mujer. Estaba extrañamente callada.

—¿Te encuentras bien, cielo? —le pregunté.

Ella sacudió un poco la cabeza y sonrió.

—Tengo jaqueca. Llevo toda la tarde mareada y con el estómago revuelto; me temo que estoy incubando algo.

—Será mejor que te acuestes y descanses. Si mañana sigues así, llamaremos al doctor Perkins.

—Sí, será lo mejor. Niñas, ¿recogeréis vosotras la mesa?

—Claro, mamá. Que descanses.

Como un resorte, las dos se levantaron mientras su madre se dirigía escaleras arriba hacia nuestro dormitorio. Alexia y Helen recogieron la mesa y fregaron los platos en silencio, mientras yo seguía sumido en mis propios pensamientos.

Las muertes, las víctimas, las armas… nada tenía sentido.

—Papá —me llamó Alexia—, ¿puedes bajar al sótano y echarnos una mano con un proyecto que tenemos que hacer?

—¿Las dos?

Mis hijas se llevan dos años y dos cursos, me extrañó que trabajaran juntas.

—Bueno, el proyecto es mío, pero Helen me está ayudando. De hecho, es mejor que yo en esto. También ha ayudado a algunos de mis compañeros, es buenísima resolviendo problemas.

—Vaya. Claro, os ayudaré encantado. Me vendrá bien distraerme con algo.

Bajamos al sótano, que hace años acondicionamos como sala de juegos y de estudio para las chicas. No era el típico sótano tenebroso de las películas, sino un amplio salón bien iluminado con televisión, un par de butacas, mesas, sillas, estanterías y equipo de música.

Bueno, ese día estaba un poco diferente. Quizá se debiera a que hacía mucho que no bajaba. Seguro que las chicas contaron con la aprobación de Ann para hacer los cambios.

La mesa más grande estaba ahora en mitad de la sala. Sobre ella, un montón de objetos descansaban tapados por una enorme sábana. Apenas se adivinaban su siluetas bajo la tela. Un plástico grueso cubría buena parte del suelo, desde la mesa hasta la pared del fondo, y habían colocado una silla en el centro.

—Necesitamos que te sientes en la silla. Se trata de un experimento de velocidad, peso y resistencia —me pidió Alexia.

—¿Para física?

—Más o menos.

Me senté.

—Echa las manos hacia atrás, por favor.

Lo hice.

Un segundo después, con un movimiento extraordinariamente rápido e inesperado, Helen me cogió las muñecas y me inmovilizó con mis propias esposas. Con la misma rapidez, Alexia se agachó y me ató las piernas a las patas de la silla con unas bridas de plástico. Estaba inmovilizado.

—¿Qué hacéis? Esto no tiene ni pizca de gracia. Y os he dicho un millón de veces que no podéis tocar mis herramientas de policía. Nunca. Son peligrosas.

—No te preocupes, papá. No lo volveremos a hacer. Nunca.

Me pareció que había cierto sarcasmo en sus palabras, pero me dije que no, que era imposible que mi niña, mi pequeña Alexia, hablara con ese tono a su propio padre.

—Bien, ¿me vais a explicar qué estáis haciendo?

—Vencer —respondieron las dos al unísono.

—Vencer ¿a quién?

—A los pardillos de nuestros amigos.

—No lo entiendo…

—Verás, hemos hecho un reto. Empezó Kevin Connors.

—El hermano de Sam… —musité.

—Sí, su hermano. Viene a mi clase, también tiene diecisiete años, aunque parece un crío. Ganó un montón de puntos por ser el primero, no era fácil, pero lo que hizo fue muy sencillo. Y además, aunque no lo reconoce, estoy convencida de que le ayudaron. Seguro que Matt o John le echaron una mano. Él solo no podría atar a Sam a un árbol, ni obligarle a que se desnudara. Pero no tenemos pruebas, así que puntuamos en base a los resultados.

—Era lo justo —intervino Helen, que estaba ocupada manipulando unas maromas que ascendían hasta las vigas del techo.

—¿Kevin mató a su hermano?

—¿A que parece increíble? Pues sí, lo hizo. Y eso que tiene toda la pinta de ser un mequetrefe asustadizo. ¡Nos dejó a todos pasmados! La flecha era de su bisabuelo, que fue trampero.

—¿La flecha? ¿Sólo una? ¿Le clavó once veces la misma flecha?

—Ajá.

—Dios mío… Soltadme, tengo que ocuparme de eso. Os ayudaré después, prometido.

No sé si no me oyeron o hicieron como que no me habían oído.

—Mia Myers subió la apuesta. Lo suyo fue increíble. Compró un arpón por internet, en una página de útiles de pesca, e hizo que se lo enviaran a un buzón de recogida de paquetes de Loversville. Le pidió el coche a su madre para ir a entrenar, pero en lugar de eso fue hasta allí, recogió el paquete y volvió.

—¡Oh, Dios! —no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—Lo mejor es que sus padres no se podían enterar de que no había ido a entrenar, así que, antes de volver a casa, paró el coche detrás de la gasolinera y comenzó a hacer flexiones para sudar y mancharse la ropa. Esa tía es un genio, de verdad te lo digo, papá.

—Pero… Rhonda estaba en una alcantarilla…

—Fácil —siguió Alexia con una enorme sonrisa en la boca—. Por la noche no hay nadie en la calle en esta mierda de pueblo, así que la subió al coche, bien envuelta en un plástico como este, condujo hasta detrás del colegio, levantó la tapa de las cloacas y la lanzó dentro. Yo pienso que aquí también la ayudaron, quizá su hermano mayor, porque no creo que pudiera llevar ella sola el cuerpo, con el arpón puesto, hasta el coche, pero ella dice que no y, una vez más, valoramos los resultados, que son muy buenos.

—Soltadme… —balbuceé.

—Y luego le tocó a Arthur Strike.

—El hijo de Jim.

—Sí. Es el que menos puntuación ha conseguido hasta ahora, será fácil de superar. Imitó a Mia y compró un piolet por internet, pero se lo trajeron a casa. Le dijo a su madre que eran unas zapatillas, y ella ni siquiera lo comprobó. El reto tampoco tuvo demasiada complicación. Llamó a su padre para que fuera a recogerlo al parque que hay a las afueras, junto al merendero. Le preguntó qué hacía allí, pero le dijo que luego se lo explicaría. Cuando su padre llegó, se subió al coche, le clavó el piolet en el pecho y se marchó con la bici con la que había ido. Como digo, demasiado simple. Le hemos dado un par de puntos más porque su padre era policía e iba armado, pero aun así, creo que hemos sido demasiado generosos.

—Por el amor de Dios, esto ha ido demasiado lejos, ¡soltadme ahora mismo! No diré que me lo habéis contado, podréis declarar como testigos protegidos.

—No, papá. Ahora me toca a mí.

—Con mi ayuda —le cortó Helen.

—De acuerdo, con ayuda de Helen, pero todos han tenido ayuda, aunque no lo digan.

No daba crédito a lo que estaba oyendo. ¿Mis propias hijas…?

—Vosotras….

—Lo que hemos preparado parece sencillo, pero no lo es en absoluto. —Se alejó un poco y levantó la tela que cubría la mesa, mostrando una variada y macabra colección de objetos mortíferos—. Hemos reunido todas estas cosas, pero es muy vulgar, aburrido, así que se nos ocurrió algo realmente genial.

Mientras hablaba, se acercó a un trípode que sujetaba su teléfono móvil. Manipuló la pantalla, se puso delante y saludó sonriente a la cámara.

—Listo —anunció Helen.

—Tendremos que cortar esta parte —protestó Alexia—, no quiero que salgas en la película o tendrán pruebas de tu colaboración.

—De acuerdo, como quieras —repuso la pequeña con un mohín irritado.

Alexia saludó de nuevo a la cámara y empezó a hablar como si fuera una presentadora de televisión.

—¡Todo listo! Ese que está sentado en la silla es mi padre, el sheriff Patrick White. Está atado, inmóvil. ¡Le he esposado con sus propias esposas! Como veis, sobre su cabeza hemos colgado un enorme yunque de hierro, de los que utilizan los herreros, aunque tengo que reconocer que a mí la inspiración me la han dado el coyote y el correcaminos, y todos esos dibujos animados a los que les lanzan yunques a la cabeza y se les queda así, aplanada, como un plato. ¡Es súper divertido!

—Alexia —la llamé, desesperado—. Alexia, escúchame. Esto no es un dibujo animado. Si ese yunque me da en la cabeza, me matará. No sobreviviré. No será divertido.

—Oh, papá, lo sé. No soy idiota. ¡Pero sí que será divertido! Por eso lo hacemos, porque vivir en este pueblo es un completo y absoluto aburrimiento.

—Por favor… ¡Ann! —grité, llamando a mi mujer—. ¡Ann! ¡Socorro!

—Mamá está dormida. Cogí esas pastillitas que toma de vez en cuando y mezclé unas cuantas en la infusión que se toma todas las tardes. Tardará mucho en despertarse. —Se volvió de nuevo hacia la cámara, se sacudió el pelo y sonrió con picardía—. El plan es el siguiente: a la de tres, soltaré este nudo y el yunque caerá sobre la cabeza de mi padre. Luego lo envolveré en el plástico, lo meteré en el coche, junto con el yunque, y lo colocaré en el granero de los Smith. Su hijo es un imbécil.

Intenté con todas mis fuerzas mover la silla, pero fue imposible. Estaba anclada al suelo. Alexia me guiñó un ojo. Habían pensado en todo.

—Ayer cogí el yunque del Museo de Historia Americana. Al principio pensé en devolverlo después de… usarlo, pero luego decidí que sería mejor dejarlo junto a mi padre. Así todos sabrán que este reto ha sido doble: robar el arma y cumplir el reto. ¿Listos?

—¿Reto? ¿Qué reto?

—El kill challenge, papá.

Y soltó el nudo con un agudo chillido de emoción.

Relato negro. No asomes la cabeza

Se lo dije desde el principio. Expuse mis condiciones con franqueza, sin tapujos, hablando claro en todo momento. Ellos me miraban y asentían, pero en el fondo sabía que no me estaban escuchando. Podía verles mirar de reojo a los móviles que descansaban, falsamente ignorados, sobre la isla de mármol de la cocina. Sonreían y asentían, pero no oyeron ni una sola de mis palabras.

Se lo dije. Trabajo de siete a cinco, de lunes a sábado. Libro la tarde del miércoles y el domingo. Pasadas las cinco permaneceré en mi habitación, seré una sombra en la casa, ni me verán ni me oirán hasta las siete de la mañana siguiente. Salvo que haya un incendio, claro. No sonrieron con la broma. Otra muestra de que no me estaban haciendo caso.

Empezamos mal y hemos terminado peor.

Primero fueron peticiones sutiles, pequeños golpecitos en la puerta de mi habitación antes de asomar la cabeza, sonrientes. Como siempre. «Celina, ¿me podrías hacer una tortilla para cenar? Estoy agotada…», «Cielo, ya sé que son casi las ocho de la tarde, pero necesitaría el traje planchado para primera hora de la mañana, ¿serías tan amable…?». Les avisé de que eso no podía seguir así, que esos pequeños favores acabarían convirtiéndose en costumbre. No me escucharon. Pero no sé de qué me sorprendo. Todos son iguales.

Las sonrisas y los «por favor» pronto se transformaron en exigencias. Daban por hecho que, si vivía bajo su techo, estaba a su servicio las veinticuatro horas del día. Error. Debieron escucharme. Ya no llamaban a la puerta. Me asaltaban a cualquier hora para pedirme la cena, ropa limpia o que recogiera el salón. ¡A las diez de la noche!

Se lo dije. Se lo advertí.

Hoy he sido yo la que ha entrado en su habitación sin llamar. No me han oído. Soy invisible, es una de mis virtudes. Todas somos invisibles.

Ya no volverán a asomar la cabeza en mi cuarto. Ni en ningún otro. Llevo la de él en la mano derecha y la de ella, en la izquierda. Lo único que me apena es pensar en quién tendrá que limpiar el desastre. Yo no. Yo trabajo de siete a cinco. Se lo dije.

La sangre va marcando el camino hacia la puerta. Una pena, una madera tan brillante, tan bonita. Sólo tenían que haberme escuchado. Una pena.

Relato negro. Sólo un trabajo

tunel hospital para webLas paredes estaban empapadas de sudor y sangre. Brillantes surcos de vaho condensado serpenteaban entre los goterones rojos, a veces grumos pegajosos, que habían llegado hasta las baldosas desde la boca del prisionero.

―Esto no tiene porqué ser así ―le susurró uno de los tres hombres que daban incesantes vueltas a su alrededor. Sintió su aliento pegado a la nuca, lo que le provocó un nuevo y doloroso escalofrío―. Te lo he dicho ya muchas veces. Dime dónde está tu hermano y saldrás por esa puerta, libre y feliz.

Esperó. Todos esperaron. La respiración acelerada, el sudor mojándoles la ropa después de diez horas encerrados en aquel sótano, la puerta cerrada a cal y canto para que nadie entrara, para que nadie oyera. Olía a moho y a meados (el prisionero, un chaval de apenas dieciséis años que entró hecho un gallito y del que apenas quedaban ahora los espolones, había tenido la desfachatez de mearse encima. Recibió su merecido por ello).

―Él no ha hecho nada ―susurró el joven amarrado a la silla de metal. Las palabras escaparon entre los huecos en los que antes estaban sus dientes, que hacía ya un buen rato que yacían en algún rincón de ese suelo putrefacto.

―Mejor me lo pones ―respondió el que parecía el jefe, el que le había golpeado con más saña, el que le había insultado, amenazado y retorcido los miembros hasta casi arrancárselos―. Si no ha hecho nada, lo traemos, nos lo dice, nosotros lo confirmamos y fin de la historia. Tampoco es que se interese mucho por ti ―siguió, con la mofa pegada a las palabras―. Sabe que estás aquí y no ha hecho nada por liberarte.

Oyó el golpe antes de sentirlo. La enorme barra metálica cruzó el aire con un siseo aterrador y se estrelló contra su espalda. Algo se rompió en su interior. Varios huesos, quizá un pulmón. Y su voluntad.

Sin lágrimas, porque no cabían entre la hinchazón de sus ojos, les dijo muy bajito el lugar en el que su hermano se escondía.

Se dijo a sí mismo que todo saldría bien. El hombre que acababa de partirle el alma le dijo que todo saldría bien.

―Ya sabéis ―ordenó en tono marcial―. Lo de siempre, rápido y sin rastro.

Salió de allí mientras sus subordinados se ocupaban del infeliz. En pocas horas, su hermano ocuparía esa misma silla. Malnacidos, ladrones, unos hijos de puta a los que nadie echaría de menos. Por hoy, había cumplido con su cupo de servicio a la sociedad. Le dolían los brazos y los riñones. Se estaba haciendo mayor.

Se cambió de ropa y salió pitando del desvencijado edificio que les servía de guarida. Veinte minutos después llegaba a casa. Escuchó las voces alborotadas de sus hijos. Risas, pequeñas discusiones. Aspiró el olor que se colaba por debajo de la puerta. Hoy, para cenar, garbanzos con chorizo. Sonrió y entró. Los niños le recibieron con alborozo, y su mujer le saludó con un rápido «hola» desde la cocina.

―Me voy a dar una ducha antes de cenar ―dijo―. Hoy ha sido un día duro en el trabajo.

Sonrió una vez más, tranquilo y satisfecho, cogió una muda limpia del cajón y se dirigió al baño silbando por lo bajo.

Relato negro. El bosque de agua

24a (2)No tenía ni idea de cómo había llegado a esa situación, pero ahí estaba, en el salón de su casa, sentado en cuclillas sobre una gruesa alfombra enrollada en el suelo. Dentro de la alfombra estaba Borja, un petimetre mal nacido que llevaba semanas sacándole de sus casillas. El muy idiota no sabía con quién se la estaba jugando. Una risa socarrona más, un nuevo desplante, una burla, una sarta de insultos mientras preparaban la cena. Se reía incluso de su propio nombre.

―Carlos ―le decía―, ese no es nombre para un maricón hecho y derecho. Deberías llamarte Charles, que tiene más glamour. Carlos, Carlitos, Carlangas… Carlos el de los cojones largos -Y estallaba en una carcajada tan estruendosa que impedía cualquier protesta por su parte.

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Reseña. «Vienen mal dadas», de Laura Gómara

vienen mal dadas laura gomara

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La empatía es una de las mayores virtudes del ser humano, así que vamos a practicar.

Imagina que eres una joven a la que han plantado poco antes de tu boda. De regalo, tu exnovio te ha dejado el piso que comprasteis a medias y una hipoteca monumental a la que no puedes hacer frente. Las cosas se complican y llega el desahucio. Estás en la calle, pero sigues debiendo la hipoteca.

Encuentras un cuartucho en un piso compartido y consigues dos trabajos. Apenas duermes, comes lo que puedes, a veces lo que encuentras olvidado sobre la mesa de un restaurante o los restos del catering de tu empresa, y te esfuerzas por mantener la dignidad. Porque eso es lo único que nadie puede quitarte: la dignidad y, si me apuras, la mala leche.

Así estás cuando, de pronto, un hombre al que no conoces de nada te propone participar un «asunto» en el que nada puede fallar y que puede solucionarte la vida.

No tienes nada que perder.

Empaticemos. ¿Tú qué harías cuando vienen mal dadas?

Esta es la reflexión a la que me ha llevado la lectura de la primera novela de Laura Gómara, una obra en la que no sobra ni una palabra, en la que en cada página aporta la información justa para que no tengas más remedio que seguir leyendo, avanzando en una trama tan bien hilada, tan real e intensa, tan exenta de artificios o adjetivos innecesarios que antes de que te des cuenta has devorado el libro y llegado al final.

Podemos hablar de la potente narrativa de Laura Gómara, que ha decidido no ceñirse estrictamente a los cánones del género negro pero que logra mantener la intriga de principio a fin; de sus diálogos contundentes y ágiles; de la trama, perfectamente hilvanada y entrelazada; de la descripción, física y social, de una Barcelona actual y de los estragos que la crisis ha dejado a su paso, pero si hay algo que destaca por encima de todo en esta novela son sus personajes. Todos los «habitantes» del libro tienen su particular historia, casi siempre descarnada, pero han decidido agarrarse a la esperanza con uñas y dientes. Para todos ellos la esperanza tiene nombre y apellido: Hugo Correa, el Gallego, un maleante con pintas de chulo y putero que arrastra un pesado lastre en el alma y que está convencido de que sólo la venganza le dará la paz. Y mientras llega ese momento, prepara el gran golpe, ese que les sacará a todos de la miseria.

El contrapunto del Gallego es precisamente la protagonista de la novela, Ruth Santana, una joven mileurista que malvive al borde de la miseria, que se resiste a acudir a la caridad y que se empeña en pagar sus deudas por encima de todo, incluida su propia salud. Digna, altiva, analítica y observadora, tiene que lidiar con su propia situación y con la de su madre, una sanguijuela que no ve más allá de sus propias necesidades y que intenta exprimir a su hija en su propio beneficio.

Junto a ellos, un elenco de secundarios (David Muñoz, Quim Bosco, el Niño, el Charro, Eusebio, Canales y Arteaga, entre otros) que nos gustarán más o menos, pero que juegan un papel primordial en esta novela coral perfectamente dirigida y orquestada por una Laura Gómara que ha entrado por la puerta grande en el mundo de la literatura.

Cuando abrimos Vienen mal dadas no nos queda más remedio que empatizar y acompañar a Laura y al resto de la banda hasta la última página. El final, por cierto, no desmerece en absoluto al resto de la novela, como sucede en demasiadas ocasiones con historias estupendas que se estropean en las últimas páginas. No es el caso, y eso también es de agradecer.

 

‘Vienen mal dadas’

Laura Gómara

Editorial Roca

Páginas: 304

Precio: 17,90 €

http://www.rocalibros.com/roca-editorial/catalogo/Laura+Gomara/Vienen+mal+dadas

 

Entrevista a Carlos Bassas

Glosar la figura y el curriculum de Carlos Bassas del Rey (Barcelona, 1974) me obligaría a extenderme más allá de lo que dictan los cánones en cuanto a longitud de una entrevista se refiere, y eso que todavía no ha cumplido los cincuenta años, edad a la que ha prometido escribir la GRAN NOVELA.

Si tuviera que definir a Bassas con una sola palabra, diría de él que es un hombre generoso, un oasis de sinceridad en medio de un mar de egos desmedidos. Es, además, una especie de moderno hombre del Renacimiento: escritor, poeta, guionista, director de cine, profesor universitario, periodista, maestro de Aikido, crítico literario y cinematográfico (aunque le gustaría serlo gastronómico) y máximo responsable del primer festival dedicado a la novela y al cine negro que se celebra en Pamplona y que este año alcanza su tercera edición. Su buen hacer, su capacidad de trabajo y un entusiasmo contagioso lograron que la cita noir fuera un éxito desde el primer día. Este año, Pamplona Negra presenta un cartel plagado de grandes figuras, incluidos un Premio Nadal (Víctor del Árbol), un Premio Planeta (Dolores Redondo) y un Premio Hammet (Carlos Zanón).

Pero, además, acaba de publicar la tercera entrega de la serie protagonizada por el inspector Herodoto Corominas, una novela que, según el sentir unánime de los críticos y los lectores, a los cuáles me sumo, supone la consagración de Carlos Bassas como escritor.

Mal trago (Ed. Alrevés) cuenta con todos los ingredientes necesarios para convertirse en lectura obligada para todos los amantes de la literatura negra: unos personajes sumamente atractivos y potentes, una trama de las que “enganchan” desde el principio y hace que el lector no pueda dejar de leer, ansioso por descubrir qué pasa al otro lado de la página, y una prosa deliciosa, sumamente cuidada, rica en matices y en giros pero sin caer en ningún momento en los molestos rizos y recovecos que utilizan algunos autores a modo de “relleno” o para demostrar la cantidad de adjetivos que conocen. Las palabras son las justas para cada situación.

Abrir con Carlos Bassas esta serie de entrevistas es para mí todo un honor.

“Escribir es gritar, es usar la ficción, la mentira,

para contar determinadas verdades”

 

―Crítica y lectores coinciden en afirmar que Mal trago, la tercera entrega de la serie protagonizada por el inspector Herodoto Corominas, es su trabajo más maduro hasta el momento. ¿Ha cambiado usted como autor, crecen los personajes o se trata de un proceso de aprendizaje?

Conforme cumples años, conforme vives, cambias como persona y como autor. Y eso se nota en tu forma de escribir, en tu forma de mirar y en tu forma de contarlo. A eso se une el hecho de que, tras más de cinco novelas, eres mejor escritor. O, al menos, tienes más práctica. Ya no sientes tanto la necesidad imperiosa de publicar, disfrutas más de los textos, los cuidas y mimas más, los trabajas a fondo. Y también hay otro hecho importante: durante ese tiempo también has leído más. Eso también te influye y te cambia. Y te hace mejor escritor.

―El inspector Corominas es un hombre “marcado por la vida y las circunstancias”. ¿Le marca a usted lo que escribe o deja su marca en los personajes y en la novela?

Ambas cosas. Es inevitable. Trasladas parte de tus vivencias, de tus experiencias a las novelas, a los personajes, lo que no significa que tus libros se conviertan en autobiográficos. No es eso. Usas las cosas que te han pasado, que has sentido, rabia, miedo, cabreo, alegría, tristeza. Ese es el combustible.

―¿Cuánto hay de real en sus novelas? Lo pregunto partiendo de la base de que se ha inventado incluso una ciudad en la que desarrollar sus andanzas.

Pues hay mucho de real. Tanto como de ficción, al menos. Pero no una realidad periodística o histórica, de nombres, de fechas, de actos, sino más bien el reflejo de cierta realidad general que te rodea, que ves, que hueles, que vives, que a veces te cabrea. Contra la que gritas. Escribir es gritar. Escribir es mirar de un modo peculiar, especial, certero. Escribir es, muchas veces, usar la ficción, la mentira, para contar determinadas verdades. Pero sin olvidar que estás contando una historia. Eso lo es todo. Un grito que no está bien construido, estructurado, tramado, narrado acaba rebotando en el vacío. El eco te lo devuelve hecho pedazos sin sentido.

―Hay quien escribe para olvidar la realidad; otros lo hacen por lograr fama y fortuna, y otros (entre los que me incluyo) porque no saben hacer otra cosa. Usted, ¿por qué escribe?

Yo sé hacer alguna que otra cosa más, pero escribir es de las que se me da mejor. O eso creo. ES una necesidad, es cierto. Y me encanta. Pero intentaré no morirme si algún día dejo de hacerlo. Lo que sí es importante para mí es que la escritura sustituye al psiquiatra que me tendría que pagar –y no son nada baratos— si no lo hiciera. Y el que les tendría que pagar de mi bolsillo a los que me rodean. ¿Fama? Es efímera. Y pesada. ¿Fortuna? Los que nos dedicamos a esto somos poco menos que monjes trapenses. La inmensa mayoría, al menos. ¿Olvidar la realidad? No. La necesito. Escribo sobre ella. Lo que quizás sí tengamos todos los escritores, cineastas, titiriteros, artistas y demás ralea de nuestro tipo es un cierto punto de vanidad. Pero eso cura. Espero.

―¿Hay algún tema tabú para usted, algo que nunca abordaría en sus novelas?

Creo que no. O, al menos, nunca me he dado de bruces con él.

―Retrocediendo un poco en el tiempo, ¿cuáles fueron sus primeras lecturas? Y ¿cuáles diría que son sus referentes literarios?

Mis primeras lecturas no difieren de las de muchos: Verne, Salgari, Stevenson, Twain. También los cómics: Astérix y Obélix, Tintín, Conan… Por suerte, mis padres tienen una biblioteca bastante generosa y variada y, con el tiempo, fui dando tumbos por los estantes, probando de todo. Y entonces, un día, te topas con Chandler, con Hammett, con Vázquez Montalbán, con Andreu Martín, con González Ledesma. Con Agatha Christie, con el padre Brown, con Poe, con Poirot, Miss Marple y Simenon. Y ya estás enfermo de peste negra. También enfermé por entonces de otra de las temáticas que más me apasionan: la divulgación científica, especialmente la física, la astrofísica, la peloantropología. La ciencia en general. Y conocí a Harper Lee y a Capote, a Salinger, a Gore Vidal, a Thoreau, a Whitman, a Vonnegut, a Tolstoi, a Dostoievski, Graham Greene. A Baroja. A Mendoza, a Marsé, a Laforet, a Matute, a Cela. Y, por supuesto, a Homero, a Sófocles, Eurípides, Esquilo, Shakespeare, que despertaron mi vocación como guionista. En mi caso, sin embargo, debo reconocer que, tanto como ellos, me influyeron también Chaplin, Ford, Welles, Lang, Hughes, Hataway, Leone, Siegel, Peckinpah y un sinfín más de cineastas.

―¿Se atreve a nombrar a sus autores imprescindibles?

Eso es algo muy íntimo. Prefiero desnudarme. Si hago un listado, me arrepentiré a los cinco minutos. Pero sí diré que, a día de hoy, Matar a un ruiseñor de Harper Lee sigue estando ahí arriba.

―Cambiando de tercio, está a punto de inaugurar la tercera edición de la semana Pamplona Negra, en la que este año se van a dar cita algunos de los nombres más sonados de la literatura policiaca nacional. ¿Qué le llevó a embarcarse en esta aventura?

Pues la envidia. El visitar otros festivales de novela negra y querer tener uno en casa, en Pamplona. Lo intenté por primera vez hace unos años, pero desistí. Después, con la llegada de Javier Lacunza a Baluarte, se lo propuse durante un café y me dijo: “Adelante”. Y aquí estamos. Navarra cuenta con un número cada vez más creciente e importante de escritores, y, en especial, de escritores de negro, así que también va por ellos.

―Este año, en Pamplona Negra se hablará mucho de la maldad. ¿Cree que, en cuanto a maldad se refiere, el ser humano ha dado todo de sí, o todavía somos capaces de hacernos más daño y de manera más cruel los unos a los otros?

Lo hemos visto todo y no hemos visto nada. La maldad no ha cambiado; lo que ha evolucionado es nuestra capacidad tecnológica para provocar dolor, matar, destruir, tanto a pequeña como a gran escala. Y me temo que lo seguiremos haciendo: encontrar nuevas formas de borrarnos del mapa, más eficientes, aseadas, sofisticadas, baratas y producibles a gran escala. Es una de esas maravillas de la sociedad de consumo, del libre mercado —el Mercado es ya el único ente libre sobre la faz de la tierra—. Estamos condenados. Y un hecho irrefutable lo demuestra: tenemos los medios de producción, la tecnología suficiente, el saber para erradicar de un plumazo la pobreza y el hambre en el globo, por ejemplo. No es una utopía tecnológica, ni de incapacidad de medios de producción. No es que podamos plantearnos la posibilidad de hacerlo a medio o largo plazo, es que podemos hacerlo ya. ¿Y por qué no sucede? Porque lo que sí sigue siendo es, por desgracia, ser una utopía política, social. Y todos somos culpables. Todos. No escurro el bulto. Cuando un político, ya sea de ámbito local, nacional o de un sacrosanto y aseado organismo internacional se indigna al decirle que él, sí, él, no quiere erradicar el hambre, la pobreza y la desigualdad social, no ya del mundo, sino la que hay en su pueblo, en su ciudad, en su país, se rasga las vestiduras y se siente insultado, deshonrado, vilipendiado. Pero es la verdad. Así de simple, de sencilla, de dura.

―Organizar este tipo de semanas en torno al género negro parece una especie de homenaje al crimen, a los asesinatos, a la violencia, ¿no le parece?

Es un homenaje a la literatura. Y a la amistad, al buen comer, al buen beber y a la buena conversación. El crimen, los asesinatos y los asesinos, los psicópatas, los sociópatas, la violencia y el mal existen ya, y existirán organicemos semanas negras o no. Aunque quizás algunos puedan llegar a pensar que si no se habla de ello en ningún lado ni se susurra en ninguna esquina, la cosa, sencillamente, no existe.

―Aunque ha sido muchas veces menospreciado y ninguneado, el género negro cuenta, sin embargo, con una legión de seguidores, tanto en la literatura como en el cine. ¿A qué cree que se debe esto?

A que lo oscuro nos atrae. No tenemos remedio. Y también nos atraen los misterios y los retos. ¿Qué tanto por ciento de la gente que pasa por delante de un accidente de tráfico, de un suceso trágico no puede evitarlo y siente la necesidad imperiosa de mirar, de asomarse al bulto cubierto por la sábana blanca o la manta de pan de oro? Uno muy alto. Naturaleza humana. Pura y dura. Aunque se lleve las manos a la cara como cuando éramos niños y no queríamos ver la escena de miedo en la tele. Siempre, siempre, acabábamos abriendo una grieta entre el corazón y el anular. Siempre. Luego venía la pesadilla.

―Y, por último, una pregunta que yo me he hecho muchas veces y que nunca he conseguido responder de forma satisfactoria: Si no fuera escritor, ¿qué sería?

Una de tres opciones, a cuál más atractiva: cocinero de postín, astrofísico (tipo Brian May, el guitarrista de Queen, forrado hasta la médula ósea) o escort de lujo para señoras pudientes.