Susana Rodriguez Lezaun | Entrevista a Carlos Bassas
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Entrevista a Carlos Bassas

Entrevista a Carlos Bassas

Glosar la figura y el curriculum de Carlos Bassas del Rey (Barcelona, 1974) me obligaría a extenderme más allá de lo que dictan los cánones en cuanto a longitud de una entrevista se refiere, y eso que todavía no ha cumplido los cincuenta años, edad a la que ha prometido escribir la GRAN NOVELA.

Si tuviera que definir a Bassas con una sola palabra, diría de él que es un hombre generoso, un oasis de sinceridad en medio de un mar de egos desmedidos. Es, además, una especie de moderno hombre del Renacimiento: escritor, poeta, guionista, director de cine, profesor universitario, periodista, maestro de Aikido, crítico literario y cinematográfico (aunque le gustaría serlo gastronómico) y máximo responsable del primer festival dedicado a la novela y al cine negro que se celebra en Pamplona y que este año alcanza su tercera edición. Su buen hacer, su capacidad de trabajo y un entusiasmo contagioso lograron que la cita noir fuera un éxito desde el primer día. Este año, Pamplona Negra presenta un cartel plagado de grandes figuras, incluidos un Premio Nadal (Víctor del Árbol), un Premio Planeta (Dolores Redondo) y un Premio Hammet (Carlos Zanón).

Pero, además, acaba de publicar la tercera entrega de la serie protagonizada por el inspector Herodoto Corominas, una novela que, según el sentir unánime de los críticos y los lectores, a los cuáles me sumo, supone la consagración de Carlos Bassas como escritor.

Mal trago (Ed. Alrevés) cuenta con todos los ingredientes necesarios para convertirse en lectura obligada para todos los amantes de la literatura negra: unos personajes sumamente atractivos y potentes, una trama de las que “enganchan” desde el principio y hace que el lector no pueda dejar de leer, ansioso por descubrir qué pasa al otro lado de la página, y una prosa deliciosa, sumamente cuidada, rica en matices y en giros pero sin caer en ningún momento en los molestos rizos y recovecos que utilizan algunos autores a modo de “relleno” o para demostrar la cantidad de adjetivos que conocen. Las palabras son las justas para cada situación.

Abrir con Carlos Bassas esta serie de entrevistas es para mí todo un honor.

“Escribir es gritar, es usar la ficción, la mentira,

para contar determinadas verdades”

 

―Crítica y lectores coinciden en afirmar que Mal trago, la tercera entrega de la serie protagonizada por el inspector Herodoto Corominas, es su trabajo más maduro hasta el momento. ¿Ha cambiado usted como autor, crecen los personajes o se trata de un proceso de aprendizaje?

Conforme cumples años, conforme vives, cambias como persona y como autor. Y eso se nota en tu forma de escribir, en tu forma de mirar y en tu forma de contarlo. A eso se une el hecho de que, tras más de cinco novelas, eres mejor escritor. O, al menos, tienes más práctica. Ya no sientes tanto la necesidad imperiosa de publicar, disfrutas más de los textos, los cuidas y mimas más, los trabajas a fondo. Y también hay otro hecho importante: durante ese tiempo también has leído más. Eso también te influye y te cambia. Y te hace mejor escritor.

―El inspector Corominas es un hombre “marcado por la vida y las circunstancias”. ¿Le marca a usted lo que escribe o deja su marca en los personajes y en la novela?

Ambas cosas. Es inevitable. Trasladas parte de tus vivencias, de tus experiencias a las novelas, a los personajes, lo que no significa que tus libros se conviertan en autobiográficos. No es eso. Usas las cosas que te han pasado, que has sentido, rabia, miedo, cabreo, alegría, tristeza. Ese es el combustible.

―¿Cuánto hay de real en sus novelas? Lo pregunto partiendo de la base de que se ha inventado incluso una ciudad en la que desarrollar sus andanzas.

Pues hay mucho de real. Tanto como de ficción, al menos. Pero no una realidad periodística o histórica, de nombres, de fechas, de actos, sino más bien el reflejo de cierta realidad general que te rodea, que ves, que hueles, que vives, que a veces te cabrea. Contra la que gritas. Escribir es gritar. Escribir es mirar de un modo peculiar, especial, certero. Escribir es, muchas veces, usar la ficción, la mentira, para contar determinadas verdades. Pero sin olvidar que estás contando una historia. Eso lo es todo. Un grito que no está bien construido, estructurado, tramado, narrado acaba rebotando en el vacío. El eco te lo devuelve hecho pedazos sin sentido.

―Hay quien escribe para olvidar la realidad; otros lo hacen por lograr fama y fortuna, y otros (entre los que me incluyo) porque no saben hacer otra cosa. Usted, ¿por qué escribe?

Yo sé hacer alguna que otra cosa más, pero escribir es de las que se me da mejor. O eso creo. ES una necesidad, es cierto. Y me encanta. Pero intentaré no morirme si algún día dejo de hacerlo. Lo que sí es importante para mí es que la escritura sustituye al psiquiatra que me tendría que pagar –y no son nada baratos— si no lo hiciera. Y el que les tendría que pagar de mi bolsillo a los que me rodean. ¿Fama? Es efímera. Y pesada. ¿Fortuna? Los que nos dedicamos a esto somos poco menos que monjes trapenses. La inmensa mayoría, al menos. ¿Olvidar la realidad? No. La necesito. Escribo sobre ella. Lo que quizás sí tengamos todos los escritores, cineastas, titiriteros, artistas y demás ralea de nuestro tipo es un cierto punto de vanidad. Pero eso cura. Espero.

―¿Hay algún tema tabú para usted, algo que nunca abordaría en sus novelas?

Creo que no. O, al menos, nunca me he dado de bruces con él.

―Retrocediendo un poco en el tiempo, ¿cuáles fueron sus primeras lecturas? Y ¿cuáles diría que son sus referentes literarios?

Mis primeras lecturas no difieren de las de muchos: Verne, Salgari, Stevenson, Twain. También los cómics: Astérix y Obélix, Tintín, Conan… Por suerte, mis padres tienen una biblioteca bastante generosa y variada y, con el tiempo, fui dando tumbos por los estantes, probando de todo. Y entonces, un día, te topas con Chandler, con Hammett, con Vázquez Montalbán, con Andreu Martín, con González Ledesma. Con Agatha Christie, con el padre Brown, con Poe, con Poirot, Miss Marple y Simenon. Y ya estás enfermo de peste negra. También enfermé por entonces de otra de las temáticas que más me apasionan: la divulgación científica, especialmente la física, la astrofísica, la peloantropología. La ciencia en general. Y conocí a Harper Lee y a Capote, a Salinger, a Gore Vidal, a Thoreau, a Whitman, a Vonnegut, a Tolstoi, a Dostoievski, Graham Greene. A Baroja. A Mendoza, a Marsé, a Laforet, a Matute, a Cela. Y, por supuesto, a Homero, a Sófocles, Eurípides, Esquilo, Shakespeare, que despertaron mi vocación como guionista. En mi caso, sin embargo, debo reconocer que, tanto como ellos, me influyeron también Chaplin, Ford, Welles, Lang, Hughes, Hataway, Leone, Siegel, Peckinpah y un sinfín más de cineastas.

―¿Se atreve a nombrar a sus autores imprescindibles?

Eso es algo muy íntimo. Prefiero desnudarme. Si hago un listado, me arrepentiré a los cinco minutos. Pero sí diré que, a día de hoy, Matar a un ruiseñor de Harper Lee sigue estando ahí arriba.

―Cambiando de tercio, está a punto de inaugurar la tercera edición de la semana Pamplona Negra, en la que este año se van a dar cita algunos de los nombres más sonados de la literatura policiaca nacional. ¿Qué le llevó a embarcarse en esta aventura?

Pues la envidia. El visitar otros festivales de novela negra y querer tener uno en casa, en Pamplona. Lo intenté por primera vez hace unos años, pero desistí. Después, con la llegada de Javier Lacunza a Baluarte, se lo propuse durante un café y me dijo: “Adelante”. Y aquí estamos. Navarra cuenta con un número cada vez más creciente e importante de escritores, y, en especial, de escritores de negro, así que también va por ellos.

―Este año, en Pamplona Negra se hablará mucho de la maldad. ¿Cree que, en cuanto a maldad se refiere, el ser humano ha dado todo de sí, o todavía somos capaces de hacernos más daño y de manera más cruel los unos a los otros?

Lo hemos visto todo y no hemos visto nada. La maldad no ha cambiado; lo que ha evolucionado es nuestra capacidad tecnológica para provocar dolor, matar, destruir, tanto a pequeña como a gran escala. Y me temo que lo seguiremos haciendo: encontrar nuevas formas de borrarnos del mapa, más eficientes, aseadas, sofisticadas, baratas y producibles a gran escala. Es una de esas maravillas de la sociedad de consumo, del libre mercado —el Mercado es ya el único ente libre sobre la faz de la tierra—. Estamos condenados. Y un hecho irrefutable lo demuestra: tenemos los medios de producción, la tecnología suficiente, el saber para erradicar de un plumazo la pobreza y el hambre en el globo, por ejemplo. No es una utopía tecnológica, ni de incapacidad de medios de producción. No es que podamos plantearnos la posibilidad de hacerlo a medio o largo plazo, es que podemos hacerlo ya. ¿Y por qué no sucede? Porque lo que sí sigue siendo es, por desgracia, ser una utopía política, social. Y todos somos culpables. Todos. No escurro el bulto. Cuando un político, ya sea de ámbito local, nacional o de un sacrosanto y aseado organismo internacional se indigna al decirle que él, sí, él, no quiere erradicar el hambre, la pobreza y la desigualdad social, no ya del mundo, sino la que hay en su pueblo, en su ciudad, en su país, se rasga las vestiduras y se siente insultado, deshonrado, vilipendiado. Pero es la verdad. Así de simple, de sencilla, de dura.

―Organizar este tipo de semanas en torno al género negro parece una especie de homenaje al crimen, a los asesinatos, a la violencia, ¿no le parece?

Es un homenaje a la literatura. Y a la amistad, al buen comer, al buen beber y a la buena conversación. El crimen, los asesinatos y los asesinos, los psicópatas, los sociópatas, la violencia y el mal existen ya, y existirán organicemos semanas negras o no. Aunque quizás algunos puedan llegar a pensar que si no se habla de ello en ningún lado ni se susurra en ninguna esquina, la cosa, sencillamente, no existe.

―Aunque ha sido muchas veces menospreciado y ninguneado, el género negro cuenta, sin embargo, con una legión de seguidores, tanto en la literatura como en el cine. ¿A qué cree que se debe esto?

A que lo oscuro nos atrae. No tenemos remedio. Y también nos atraen los misterios y los retos. ¿Qué tanto por ciento de la gente que pasa por delante de un accidente de tráfico, de un suceso trágico no puede evitarlo y siente la necesidad imperiosa de mirar, de asomarse al bulto cubierto por la sábana blanca o la manta de pan de oro? Uno muy alto. Naturaleza humana. Pura y dura. Aunque se lleve las manos a la cara como cuando éramos niños y no queríamos ver la escena de miedo en la tele. Siempre, siempre, acabábamos abriendo una grieta entre el corazón y el anular. Siempre. Luego venía la pesadilla.

―Y, por último, una pregunta que yo me he hecho muchas veces y que nunca he conseguido responder de forma satisfactoria: Si no fuera escritor, ¿qué sería?

Una de tres opciones, a cuál más atractiva: cocinero de postín, astrofísico (tipo Brian May, el guitarrista de Queen, forrado hasta la médula ósea) o escort de lujo para señoras pudientes.

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