Relato negro. Requiescat in pace

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Flora pasó una vez más por delante de la puerta del velatorio, abierta de par en par. Todo seguía igual que la última vez que hizo ese mismo recorrido en sentido inverso. Una sola persona, un hombre ya mayor cubierto con un abrigo que había conocido tiempos mejores, contemplaba, solo y en silencio, el féretro colocado sobre la tarima.

Se asomó con discreción. Quería echar un vistazo al ataúd, conseguir información adicional, pero fue inútil. Ni una flor, ni una fotografía, ni un cura junto al púlpito. El hombre velaba solo a quien descansara en esa caja.

Flora sintió lástima por él. En toda su vida como limpiadora en el tanatorio municipal había visto algo tan triste. En los casi veinte años que llevaba pasando la fregona por los brillantes suelos de ese deprimente lugar había visto casi de todo: familias peleándose por la herencia delante del féretro, cajas adornadas con colores vivos y chillones, ataúdes abiertos que mostraban sin pudor la poca dignidad que le queda a un ser humano cuando ha dejado de respirar, e incluso cadáveres maquillados como cabareteras de los años 50.

Había sido testigo de dolorosas despedidas, de profundos sermones, de chistes contados con la voz rota para mitigar el desconsuelo de los presentes, e incluso de un pequeño concierto de rock, último deseo del finado, que fue el único que se libró de las desafinadas notas de aquellos cuatro melenudos vestidos de cuero negro. ¡Cuánto mejor los violines o el arpa que solían acompañar a los funerales más ilustres!

Pero aquello era, sin duda, lo más triste que había visto nunca. Escondida detrás de la puerta, imaginó que se trataba de un viudo que velaba a su mujer, recién fallecida. Habrían llegado de lejos y quizá Dios no les bendijo con descendencia, por lo que estaban solos en la ciudad. O quizá los hijos, como ellos hicieron antes, tuvieron que emigrar para ganarse las lentejas y no podían asistir a las exequias de la madre para no perder el trabajo que tanto les había costado conseguir.

De pronto, el hombre levantó la cabeza y la descubrió agazapada tras la puerta. Enderezó la espalda, se levantó de la silla y extendió un brazo, invitándola a pasar.

―No quería molestar ―se disculpó Flora.

―No se preocupe, no molesta ―respondió él en voz baja, como si la persona de dentro de la caja estuviera en realidad durmiendo y no quisiera despertarla.

―Me extrañaba verlo tan solo…

―Mi mujer y yo no conocíamos a mucha gente en la ciudad.

―¿Es su esposa la que…?

Dejó la pregunta en el aire. No era necesario decir más.

Él asintió en silencio.

―La perdí ayer y hoy la he traído aquí. Llevaba mucho tiempo enferma y ella misma escogió el ataúd. Cuando el médico se marchó, la metí en la caja, la cargué en la furgoneta y vinimos. El entierro será esta tarde, pero no quiero dejarla sola, por si acaso…

―¿Por si acaso? ―preguntó Flora, sorprendida.

―Ya sabe, dicen que a veces los muertos no lo están en realidad y se despiertan cuando ya es demasiado tarde. No quiero que eso le pase a mi esposa. Por eso estoy aquí, y aquí me quedaré, si no molesto, claro.

―¡No molesta usted en absoluto! Puede quedarse tanto tiempo como quiera. ¿Necesita algo? Un bocadillo, un café…

Flora lo observó con disimulo. El gastado abrigo ocultaba un pantalón de pana que un día fue gris pero que ahora lucía de un blanco muy sucio. Parte de la pana había desaparecido por el roce, dejando en su lugar enormes parches lisos. Por encima del cuello del abrigo asomaba una bufanda verde, y en los pies distinguió un par de enormes botas negras deslustradas y agrietadas en los lados.

Sintió una lástima instantánea por ese hombre. Tanta desgracia junta…

―Me vendría bien un poco de compañía, solo eso, pero entiendo que está usted ocupada, así que no se preocupe.

Flora parpadeó unas cuantas veces antes de responder, aunque ya había tomado una decisión desde el primer pestañeo.

―Puedo pasar con usted mi media hora del almuerzo ―afirmó rotunda―. Traeré la comida y la compartiremos, si no le parece mal comer delante de su esposa, claro…

Él sonrió. Flora juraría que se le habían humedecido los ojos.

―Se lo agradezco tanto… ―musitó.

―Espéreme aquí, ahora mismo vuelvo.

Acto seguido se levantó y abandonó la sala a toda velocidad. Volvió a los pocos minutos con la fiambrera en la que cada día traía su almuerzo y unas cuantas cosas más que había comprado en la máquina de la entrada.

―Cierre la puerta, por favor ―le pidió él―, no quiero que cualquiera que pase piense que estamos celebrando una fiesta durante el velatorio.

Flora sonrió condescendiente y cerró la puerta.

―No se preocupe, las otras dos salas ocupadas están al otro lado del edificio, no pasará nadie por aquí en un buen rato.

Él asintió y sonrió. Eso ya lo sabía. Justo por eso había elegido esta sala cuando entró en el tanatorio empujando el féretro. Nadie le detuvo, nadie le hizo preguntas. No hay nada más normal en un sitio así que una persona trasladando un ataúd.

―¿Quiere ver a mi esposa? ―le preguntó en voz baja.

Flora se estremeció. Iba a decir que no; de hecho, deseaba decir que no, pero la mirada ansiosa del hombre apeló de nuevo a su buen corazón, así que esbozó una sonrisa y movió la cabeza de arriba abajo.

―Claro ―accedió―, por qué no. Le diremos adiós juntos.

―Gracias.

Echó un rápido vistazo a la puerta, que seguía cerrada, y caminaron con paso lento y respetuoso hacia el ataúd. El hombre se aproximó el primero. Como marido, él debía levantar la tapa. Luego se acercó Flora. Primero un poco, tímidamente. Luego un poco más.

―Pero…

No tuvo tiempo de decir nada más. Un golpe seco en la nuca la dejó inconsciente. Antes de que cayera al suelo como un fardo, el hombre la sujetó por las axilas y, con determinación, la levantó y la metió en la caja. Cayó boca abajo, pero ya habría tiempo luego de arreglarlo todo. Con la tapa todavía abierta, sacó una jeringuilla del bolsillo de su abrigo y se la clavó a Flora en el brazo, por encima de la ropa.

―Te arreglaré, te pondré guapa ―murmuró él― y luego veremos cuánto me duras.

Cerró y aseguró el ataúd, arrancó de un tirón las telas que ocultaban la parte inferior de la peana, que en realidad era una camilla metálica, y la empujó hacia la puerta. Abrió con cuidado y asomó la cabeza al pasillo. No tenía que apresurarse, la buena señora tardaría horas en despertar. Le encantaban las almas cándidas, llevaba toda la vida cazando corderitos y jamás le habían descubierto. Ya se sabe que sin cadáver…

Encorvó la espalda, bajó la cabeza, dibujó un rictus de tristeza en su cara y salió por donde había entrado. El hombre de la recepción, uno diferente al que le había visto llegar, apenas le dedicó un segundo cuando lo vio. Nada más habitual que un féretro entrando o saliendo de un tanatorio.

Las puertas automáticas se abrieron para dejarlo pasar y se cerraron a su espalda.

Sonrió cuando introdujo la caja en su coche, idéntico a los que usaban en las funerarias. De hecho, se lo compró de segunda mano al propietario de una empresa de pompas fúnebres. Desde entonces su vida había dado un giro de ciento ochenta grados.

―Bueno, a ver cuánto me duras, criatura ―repitió.

Acarició la caja, cerró la puerta trasera, arrancó el motor y desapareció.

Relato negro. No asomes la cabeza

Se lo dije desde el principio. Expuse mis condiciones con franqueza, sin tapujos, hablando claro en todo momento. Ellos me miraban y asentían, pero en el fondo sabía que no me estaban escuchando. Podía verles mirar de reojo a los móviles que descansaban, falsamente ignorados, sobre la isla de mármol de la cocina. Sonreían y asentían, pero no oyeron ni una sola de mis palabras.

Se lo dije. Trabajo de siete a cinco, de lunes a sábado. Libro la tarde del miércoles y el domingo. Pasadas las cinco permaneceré en mi habitación, seré una sombra en la casa, ni me verán ni me oirán hasta las siete de la mañana siguiente. Salvo que haya un incendio, claro. No sonrieron con la broma. Otra muestra de que no me estaban haciendo caso.

Empezamos mal y hemos terminado peor.

Primero fueron peticiones sutiles, pequeños golpecitos en la puerta de mi habitación antes de asomar la cabeza, sonrientes. Como siempre. «Celina, ¿me podrías hacer una tortilla para cenar? Estoy agotada…», «Cielo, ya sé que son casi las ocho de la tarde, pero necesitaría el traje planchado para primera hora de la mañana, ¿serías tan amable…?». Les avisé de que eso no podía seguir así, que esos pequeños favores acabarían convirtiéndose en costumbre. No me escucharon. Pero no sé de qué me sorprendo. Todos son iguales.

Las sonrisas y los «por favor» pronto se transformaron en exigencias. Daban por hecho que, si vivía bajo su techo, estaba a su servicio las veinticuatro horas del día. Error. Debieron escucharme. Ya no llamaban a la puerta. Me asaltaban a cualquier hora para pedirme la cena, ropa limpia o que recogiera el salón. ¡A las diez de la noche!

Se lo dije. Se lo advertí.

Hoy he sido yo la que ha entrado en su habitación sin llamar. No me han oído. Soy invisible, es una de mis virtudes. Todas somos invisibles.

Ya no volverán a asomar la cabeza en mi cuarto. Ni en ningún otro. Llevo la de él en la mano derecha y la de ella, en la izquierda. Lo único que me apena es pensar en quién tendrá que limpiar el desastre. Yo no. Yo trabajo de siete a cinco. Se lo dije.

La sangre va marcando el camino hacia la puerta. Una pena, una madera tan brillante, tan bonita. Sólo tenían que haberme escuchado. Una pena.

Relato negro. Sólo un trabajo

tunel hospital para webLas paredes estaban empapadas de sudor y sangre. Brillantes surcos de vaho condensado serpenteaban entre los goterones rojos, a veces grumos pegajosos, que habían llegado hasta las baldosas desde la boca del prisionero.

―Esto no tiene porqué ser así ―le susurró uno de los tres hombres que daban incesantes vueltas a su alrededor. Sintió su aliento pegado a la nuca, lo que le provocó un nuevo y doloroso escalofrío―. Te lo he dicho ya muchas veces. Dime dónde está tu hermano y saldrás por esa puerta, libre y feliz.

Esperó. Todos esperaron. La respiración acelerada, el sudor mojándoles la ropa después de diez horas encerrados en aquel sótano, la puerta cerrada a cal y canto para que nadie entrara, para que nadie oyera. Olía a moho y a meados (el prisionero, un chaval de apenas dieciséis años que entró hecho un gallito y del que apenas quedaban ahora los espolones, había tenido la desfachatez de mearse encima. Recibió su merecido por ello).

―Él no ha hecho nada ―susurró el joven amarrado a la silla de metal. Las palabras escaparon entre los huecos en los que antes estaban sus dientes, que hacía ya un buen rato que yacían en algún rincón de ese suelo putrefacto.

―Mejor me lo pones ―respondió el que parecía el jefe, el que le había golpeado con más saña, el que le había insultado, amenazado y retorcido los miembros hasta casi arrancárselos―. Si no ha hecho nada, lo traemos, nos lo dice, nosotros lo confirmamos y fin de la historia. Tampoco es que se interese mucho por ti ―siguió, con la mofa pegada a las palabras―. Sabe que estás aquí y no ha hecho nada por liberarte.

Oyó el golpe antes de sentirlo. La enorme barra metálica cruzó el aire con un siseo aterrador y se estrelló contra su espalda. Algo se rompió en su interior. Varios huesos, quizá un pulmón. Y su voluntad.

Sin lágrimas, porque no cabían entre la hinchazón de sus ojos, les dijo muy bajito el lugar en el que su hermano se escondía.

Se dijo a sí mismo que todo saldría bien. El hombre que acababa de partirle el alma le dijo que todo saldría bien.

―Ya sabéis ―ordenó en tono marcial―. Lo de siempre, rápido y sin rastro.

Salió de allí mientras sus subordinados se ocupaban del infeliz. En pocas horas, su hermano ocuparía esa misma silla. Malnacidos, ladrones, unos hijos de puta a los que nadie echaría de menos. Por hoy, había cumplido con su cupo de servicio a la sociedad. Le dolían los brazos y los riñones. Se estaba haciendo mayor.

Se cambió de ropa y salió pitando del desvencijado edificio que les servía de guarida. Veinte minutos después llegaba a casa. Escuchó las voces alborotadas de sus hijos. Risas, pequeñas discusiones. Aspiró el olor que se colaba por debajo de la puerta. Hoy, para cenar, garbanzos con chorizo. Sonrió y entró. Los niños le recibieron con alborozo, y su mujer le saludó con un rápido «hola» desde la cocina.

―Me voy a dar una ducha antes de cenar ―dijo―. Hoy ha sido un día duro en el trabajo.

Sonrió una vez más, tranquilo y satisfecho, cogió una muda limpia del cajón y se dirigió al baño silbando por lo bajo.

Relato negro. El bosque de agua

24a (2)No tenía ni idea de cómo había llegado a esa situación, pero ahí estaba, en el salón de su casa, sentado en cuclillas sobre una gruesa alfombra enrollada en el suelo. Dentro de la alfombra estaba Borja, un petimetre mal nacido que llevaba semanas sacándole de sus casillas. El muy idiota no sabía con quién se la estaba jugando. Una risa socarrona más, un nuevo desplante, una burla, una sarta de insultos mientras preparaban la cena. Se reía incluso de su propio nombre.

―Carlos ―le decía―, ese no es nombre para un maricón hecho y derecho. Deberías llamarte Charles, que tiene más glamour. Carlos, Carlitos, Carlangas… Carlos el de los cojones largos -Y estallaba en una carcajada tan estruendosa que impedía cualquier protesta por su parte.

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