Relato negro. No asomes la cabeza

Se lo dije desde el principio. Expuse mis condiciones con franqueza, sin tapujos, hablando claro en todo momento. Ellos me miraban y asentían, pero en el fondo sabía que no me estaban escuchando. Podía verles mirar de reojo a los móviles que descansaban, falsamente ignorados, sobre la isla de mármol de la cocina. Sonreían y asentían, pero no oyeron ni una sola de mis palabras.

Se lo dije. Trabajo de siete a cinco, de lunes a sábado. Libro la tarde del miércoles y el domingo. Pasadas las cinco permaneceré en mi habitación, seré una sombra en la casa, ni me verán ni me oirán hasta las siete de la mañana siguiente. Salvo que haya un incendio, claro. No sonrieron con la broma. Otra muestra de que no me estaban haciendo caso.

Empezamos mal y hemos terminado peor.

Primero fueron peticiones sutiles, pequeños golpecitos en la puerta de mi habitación antes de asomar la cabeza, sonrientes. Como siempre. «Celina, ¿me podrías hacer una tortilla para cenar? Estoy agotada…», «Cielo, ya sé que son casi las ocho de la tarde, pero necesitaría el traje planchado para primera hora de la mañana, ¿serías tan amable…?». Les avisé de que eso no podía seguir así, que esos pequeños favores acabarían convirtiéndose en costumbre. No me escucharon. Pero no sé de qué me sorprendo. Todos son iguales.

Las sonrisas y los «por favor» pronto se transformaron en exigencias. Daban por hecho que, si vivía bajo su techo, estaba a su servicio las veinticuatro horas del día. Error. Debieron escucharme. Ya no llamaban a la puerta. Me asaltaban a cualquier hora para pedirme la cena, ropa limpia o que recogiera el salón. ¡A las diez de la noche!

Se lo dije. Se lo advertí.

Hoy he sido yo la que ha entrado en su habitación sin llamar. No me han oído. Soy invisible, es una de mis virtudes. Todas somos invisibles.

Ya no volverán a asomar la cabeza en mi cuarto. Ni en ningún otro. Llevo la de él en la mano derecha y la de ella, en la izquierda. Lo único que me apena es pensar en quién tendrá que limpiar el desastre. Yo no. Yo trabajo de siete a cinco. Se lo dije.

La sangre va marcando el camino hacia la puerta. Una pena, una madera tan brillante, tan bonita. Sólo tenían que haberme escuchado. Una pena.

Relato negro. Sólo un trabajo

tunel hospital para webLas paredes estaban empapadas de sudor y sangre. Brillantes surcos de vaho condensado serpenteaban entre los goterones rojos, a veces grumos pegajosos, que habían llegado hasta las baldosas desde la boca del prisionero.

―Esto no tiene porqué ser así ―le susurró uno de los tres hombres que daban incesantes vueltas a su alrededor. Sintió su aliento pegado a la nuca, lo que le provocó un nuevo y doloroso escalofrío―. Te lo he dicho ya muchas veces. Dime dónde está tu hermano y saldrás por esa puerta, libre y feliz.

Esperó. Todos esperaron. La respiración acelerada, el sudor mojándoles la ropa después de diez horas encerrados en aquel sótano, la puerta cerrada a cal y canto para que nadie entrara, para que nadie oyera. Olía a moho y a meados (el prisionero, un chaval de apenas dieciséis años que entró hecho un gallito y del que apenas quedaban ahora los espolones, había tenido la desfachatez de mearse encima. Recibió su merecido por ello).

―Él no ha hecho nada ―susurró el joven amarrado a la silla de metal. Las palabras escaparon entre los huecos en los que antes estaban sus dientes, que hacía ya un buen rato que yacían en algún rincón de ese suelo putrefacto.

―Mejor me lo pones ―respondió el que parecía el jefe, el que le había golpeado con más saña, el que le había insultado, amenazado y retorcido los miembros hasta casi arrancárselos―. Si no ha hecho nada, lo traemos, nos lo dice, nosotros lo confirmamos y fin de la historia. Tampoco es que se interese mucho por ti ―siguió, con la mofa pegada a las palabras―. Sabe que estás aquí y no ha hecho nada por liberarte.

Oyó el golpe antes de sentirlo. La enorme barra metálica cruzó el aire con un siseo aterrador y se estrelló contra su espalda. Algo se rompió en su interior. Varios huesos, quizá un pulmón. Y su voluntad.

Sin lágrimas, porque no cabían entre la hinchazón de sus ojos, les dijo muy bajito el lugar en el que su hermano se escondía.

Se dijo a sí mismo que todo saldría bien. El hombre que acababa de partirle el alma le dijo que todo saldría bien.

―Ya sabéis ―ordenó en tono marcial―. Lo de siempre, rápido y sin rastro.

Salió de allí mientras sus subordinados se ocupaban del infeliz. En pocas horas, su hermano ocuparía esa misma silla. Malnacidos, ladrones, unos hijos de puta a los que nadie echaría de menos. Por hoy, había cumplido con su cupo de servicio a la sociedad. Le dolían los brazos y los riñones. Se estaba haciendo mayor.

Se cambió de ropa y salió pitando del desvencijado edificio que les servía de guarida. Veinte minutos después llegaba a casa. Escuchó las voces alborotadas de sus hijos. Risas, pequeñas discusiones. Aspiró el olor que se colaba por debajo de la puerta. Hoy, para cenar, garbanzos con chorizo. Sonrió y entró. Los niños le recibieron con alborozo, y su mujer le saludó con un rápido «hola» desde la cocina.

―Me voy a dar una ducha antes de cenar ―dijo―. Hoy ha sido un día duro en el trabajo.

Sonrió una vez más, tranquilo y satisfecho, cogió una muda limpia del cajón y se dirigió al baño silbando por lo bajo.

Relato negro. El bosque de agua

24a (2)No tenía ni idea de cómo había llegado a esa situación, pero ahí estaba, en el salón de su casa, sentado en cuclillas sobre una gruesa alfombra enrollada en el suelo. Dentro de la alfombra estaba Borja, un petimetre mal nacido que llevaba semanas sacándole de sus casillas. El muy idiota no sabía con quién se la estaba jugando. Una risa socarrona más, un nuevo desplante, una burla, una sarta de insultos mientras preparaban la cena. Se reía incluso de su propio nombre.

―Carlos ―le decía―, ese no es nombre para un maricón hecho y derecho. Deberías llamarte Charles, que tiene más glamour. Carlos, Carlitos, Carlangas… Carlos el de los cojones largos -Y estallaba en una carcajada tan estruendosa que impedía cualquier protesta por su parte.

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Reseña. «Vienen mal dadas», de Laura Gómara

vienen mal dadas laura gomara

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La empatía es una de las mayores virtudes del ser humano, así que vamos a practicar.

Imagina que eres una joven a la que han plantado poco antes de tu boda. De regalo, tu exnovio te ha dejado el piso que comprasteis a medias y una hipoteca monumental a la que no puedes hacer frente. Las cosas se complican y llega el desahucio. Estás en la calle, pero sigues debiendo la hipoteca.

Encuentras un cuartucho en un piso compartido y consigues dos trabajos. Apenas duermes, comes lo que puedes, a veces lo que encuentras olvidado sobre la mesa de un restaurante o los restos del catering de tu empresa, y te esfuerzas por mantener la dignidad. Porque eso es lo único que nadie puede quitarte: la dignidad y, si me apuras, la mala leche.

Así estás cuando, de pronto, un hombre al que no conoces de nada te propone participar un «asunto» en el que nada puede fallar y que puede solucionarte la vida.

No tienes nada que perder.

Empaticemos. ¿Tú qué harías cuando vienen mal dadas?

Esta es la reflexión a la que me ha llevado la lectura de la primera novela de Laura Gómara, una obra en la que no sobra ni una palabra, en la que en cada página aporta la información justa para que no tengas más remedio que seguir leyendo, avanzando en una trama tan bien hilada, tan real e intensa, tan exenta de artificios o adjetivos innecesarios que antes de que te des cuenta has devorado el libro y llegado al final.

Podemos hablar de la potente narrativa de Laura Gómara, que ha decidido no ceñirse estrictamente a los cánones del género negro pero que logra mantener la intriga de principio a fin; de sus diálogos contundentes y ágiles; de la trama, perfectamente hilvanada y entrelazada; de la descripción, física y social, de una Barcelona actual y de los estragos que la crisis ha dejado a su paso, pero si hay algo que destaca por encima de todo en esta novela son sus personajes. Todos los «habitantes» del libro tienen su particular historia, casi siempre descarnada, pero han decidido agarrarse a la esperanza con uñas y dientes. Para todos ellos la esperanza tiene nombre y apellido: Hugo Correa, el Gallego, un maleante con pintas de chulo y putero que arrastra un pesado lastre en el alma y que está convencido de que sólo la venganza le dará la paz. Y mientras llega ese momento, prepara el gran golpe, ese que les sacará a todos de la miseria.

El contrapunto del Gallego es precisamente la protagonista de la novela, Ruth Santana, una joven mileurista que malvive al borde de la miseria, que se resiste a acudir a la caridad y que se empeña en pagar sus deudas por encima de todo, incluida su propia salud. Digna, altiva, analítica y observadora, tiene que lidiar con su propia situación y con la de su madre, una sanguijuela que no ve más allá de sus propias necesidades y que intenta exprimir a su hija en su propio beneficio.

Junto a ellos, un elenco de secundarios (David Muñoz, Quim Bosco, el Niño, el Charro, Eusebio, Canales y Arteaga, entre otros) que nos gustarán más o menos, pero que juegan un papel primordial en esta novela coral perfectamente dirigida y orquestada por una Laura Gómara que ha entrado por la puerta grande en el mundo de la literatura.

Cuando abrimos Vienen mal dadas no nos queda más remedio que empatizar y acompañar a Laura y al resto de la banda hasta la última página. El final, por cierto, no desmerece en absoluto al resto de la novela, como sucede en demasiadas ocasiones con historias estupendas que se estropean en las últimas páginas. No es el caso, y eso también es de agradecer.

 

‘Vienen mal dadas’

Laura Gómara

Editorial Roca

Páginas: 304

Precio: 17,90 €

http://www.rocalibros.com/roca-editorial/catalogo/Laura+Gomara/Vienen+mal+dadas

 

Reseña. «Escrito en negro», de Martín Olmos

El libro

Escrito-en-negroColgaron a un elefante en Tennessee por matar a un pelirrojo. Le marcaron la jeta a Capone. Jack destripó a una ramera. Paco el Muelas le vendió a un primo un tranvía. Asaetaron a san Sebastián. Mataron al Jaro, que solo tenía un cojón. Al general Galtieri le salió corta la meada. Le hicieron un cuplé a un legionario. William Burroughs le voló la cabeza a su mujer. Norman Mailer acuchilló a la suya. Le dieron lo suyo a Rodney King; le zurraron los pasmas durante ochenta segundos y se volvió loca la jungla. El Lobo Feroz servía de garrafón. El Bizco del Borge miraba torcido y disparaba derecho. Lincharon a dos desgraciados en San José y se forraron los tasqueros. Se cargaron al Ringo en un burdel de Nevada; andaba guapeando a una coja. Perpetuaron el revés de Billy el Niño. En la calle de la Princesa vivía una vieja marquesa. La Dulce Neus enseñó las peras en el Interviú. El general Millán Astray era desmontable. Estamparon camisetas con la cara del caníbal y les pusimos nombres a los monstruos. Siguiendo los pasos de aquellos ciegos que contaban crímenes en las plazas de pueblos y ciudades, pero con los ojos más abiertos y con mucha más documentación, Martín Olmos nos narra con detalle crímenes y criminales, conformando con esta galería todo un compendio del mal en estado puro.

 

El autor

Martín Olmos (Bilbao, 1966), es un escritor y periodista, colaborador del Diario El Correo. Ha sido proclamado ganador del Premio Euskadi de Literatura 2015 por una selección de relatos sobre crímenes que conmovieron al mundo y personajes de vidas azarosas, publicados cada domingo en las páginas de Culturas y Sociedad del diario El Correo y que han sido recopilados en el volumen Escrito en negro (una tarde con la canalla). Es también un notable dibujante, cuyas ilustraciones acompañan a sus historias acentuando la atmósfera dramática que las envuelve. Las crónicas negras de Martín Olmos han merecido el premio Rodolfo Walsh a la mejor obra de no ficción en la última Semana Negra de Gijón, y en 2014 ganaron el XX Premio Literario Bodegas Olarra & Café Bretón.

 

Mi reseña

Soy una lectora voraz desde que puedo recordar. Cuando, de niña, no tenía ningún libro a mano y en mi barrio todavía no existía ninguna biblioteca pública, leía los libros de texto del colegio. Creo que por eso sacaba buenas notas. En mi caso, la educación actual, tan práctica y apegada a las nuevas tecnologías, cada vez más alejada del papel, me habría abocado sin duda al fracaso escolar.

Digo esto sólo para explicar que leo mucho, muchísimo, y que a estas alturas de mi vida hay pocos libros que me sorprendan, me conmuevan o me hagan hablar de ellos con quien se me cruce en mi camino. Sin embargo, en los últimos meses ha habido un título que me ha dejado con la boca abierta, me refiero a Martín Olmos y su “Escrito en negro”.

“Escrito en negro (Una tarde con la canalla)” fue una sorpresa de la primera a la última página. Historias cortas, una recopilación relatos breves (que algunos han llamado ensayo, aunque yo no me atrevería a tanto) llenos de muerte, de asesinos, de una guasa con retranca de otros tiempos, con una economía de palabras y unos giros lingüísticos que hacen que su lectura se convierta en un divertimento incomparable, una tarde en un parque de atracciones literario.

La publicación recopila los artículos que el autor ha publicado a lo largo de los años tanto en el diario El Correo como en su propia página web (https://martinolmos.wordpress.com/).

Narra Martín Olmos historias de violencia de distintas épocas, con personajes unas veces por todos conocidos, como Billy el Niño, la dulce Neus, Urtain o el Lute (que ya no quiere ser el Lute, sino don Eleuterio), y otras veces historias disparatadas, como los elefantes (sí, elefantes) que fueron ahorcados en Estados Unidos como viles criminales después de acabar con la vida de sus cuidadores (por no llamarlos maltratadores).

Pero lo que más destaca de este libro es, sin duda, la maestría con la que Martín Olmos ataca el lenguaje, acomodándose sin aparente esfuerzo al tiempo y al lugar en el que se desarrolla el relato. Será un bonaerense porteño en un momento dado, y un negrata de Los Ángeles cuando recuerde a Rodney King; “escucharemos” a un legionario y a un españolito de la posguerra, rufián y malencarado; aprenderemos a llamar a la navaja por su nombre (jifera, falceña, quimbo, faca, mojosa, flamenta, chifla, serdañí…) y, sobre todo, el lector que tenga la fortuna de leer esta recopilación de relatos pasará un rato tan agradable que, mucho tiempo después, todavía sonreirá al recordar las tribulaciones de cierto rey, amante de cazar elefantes en tiempos de crisis, con unos yernos que “le han salido fulastres, uno se viste raro y el otro es carterista”.

 

¿Existe el mal?

Hay cuestiones que son siempre objeto de polémica, de debate, de mesas redondas y de aseveraciones tan rotundas como lo son las negaciones que le acompañan. Son cuestiones que intrigan e inquietan, que dan que pensar, que rondan por la cabeza de más de uno y que cuenta con infinidad de ejemplos, tanto para corroborar una tesis como para refutarla.

Una de esos temas que trascienden culturas y generaciones es la existencia del Mal, así, con mayúsculas, como se planteó en una de las mesas redondas celebradas en la pasada edición de Pamplona Negra y en la que los escritores Rafa Melero, María José MorenoReyes Calderón y Carlos Bassas, junto con el experto en Demonología (la sola palabra ya pone los pelos de punta) Ricardo Piñero, debatieron sobre el cuerpo y el alma del Mal. Nadie dudó de su existencia, pero el debate se centró en si el ser humano lleva el mal en su interior desde que nace y, con los años, aprende a “domesticar a la bestia”, o si el mal es algo intrínseco sólo a unas cuantas personas, bien por padecer una enfermedad mental, bien porque han sido “poseídos” o bien porque, simplemente, disfrutan haciendo el mal.

Yo lo tengo claro. Creo que el mal existe, que nos rodea, nos acecha, nos pone a prueba, y muchas veces nos vence. El ser humano ha dado sobradas muestras a lo largo de la historia de su capacidad para ser malvado.

Todavía recuerdo con un escalofrío la exposición sobre instrumentos de tortura de la Inquisición que vi en Bilbao a finales de los años 80. Dejando a un lado las pesadillas que semejantes artilugios que produjeron durante semanas, todavía me pregunto cuántas horas dedicaron esas personas a idear, bosquejar y construir aquellos aparatos, capaces de infligir el máximo dolor durante el mayor tiempo posible.

Me siento incapaz, por supuesto, de ofrecer una respuesta tajante a la pregunta que hoy me hago. Sin embargo, creo que puedo proponer algunos casos reales para que quien quiera reflexione sobre las siguientes cuestiones: ¿Existe el mal? ¿Está el mal en nosotros?  

Caso uno: Un niño de trece años, miembro de una familia perfectamente estructurada, educado en valores, buen estudiante. Cada tarde, al salir del instituto, espera junto a la verja a que uno de sus compañeros abandone el centro. En cuanto el segundo niño sale, el primero se sitúa a su lado y comienza a insultarle. Le escupe en la cara. Tira de la mochila hacia abajo hasta que el niño cae al suelo. Le lanza dos patadas muy rápidas, le escupe de nuevo, le insulta, se ríe y se marcha. Mañana, más. Otros niños observan la escena a una distancia prudencial. En silencio. Sin hacer nada.

Caso dos: Un hombre de mediana edad, moreno, pelo negro. Fuma en la playa, a medianoche, mientras espera a que las decenas de personas que hacen fila sobre la arena embarquen una a una en la chalupa que les llevará a Europa. O eso es lo que creen. Les azuza de vez en cuando para que se den prisa. En el bolsillo le pesa el dinero que ha recaudado de cada uno de ellos, hombres, mujeres y niños. Lanza la colilla al mar y les increpa para que se aprieten más unos contra otros. Tienen que entrar todos. Finalmente, carga en la chalupa un bidón de gasolina y se dirige al varón que se ha sentado más cerca del motor. “Arrancaré la barca. Tú agarra el timón con fuerza y sigue recto. En pocas horas estaréis en España. Tranquilo, no tienes que hacer nada más, solo mantener el rumbo y añadir combustible cuando sea necesario. Hay de sobra”. Arranca el motor, sonríe y empuja la chalupa hasta el mar. Cuando la barca se pierde en la noche, da media vuelta y se dirige al café, tranquilo y satisfecho, con un buen montón de dinero en el bolsillo.

Caso tres: Una mujer de mediana edad, vestida con ropa deportiva barata y zapatillas blancas, sonríe mientras otra mujer, la que le ha contratado, sale de casa. Espera unos minutos después de oír el portazo y, entonces, se dirige hacia el salón de la casa. En uno de los sofás, una anciana con la mirada perdida, precariamente erguida merced al arnés que le rodea el torso, mueve la boca convulsivamente, muy despacio, sin emitir sonido alguno. Solo abre y cierra la boca, una y otra vez. La mujer la mira con desprecio, se acerca hasta casi tocarla, frunce la nariz al percibir el olor ácido de la orina y, sin mediar palabra, le cruza la cara de un bofetón. La agresión resuena en toda la estancia, pero el golpe ha sido solo el primer de los muchos que le seguirán. Le tira del pelo y la insulta, la empuja, le afloja el arnés para que el desvalido cuerpo se incline peligrosamente hacia delante. La deja con el pañal empapado, el culo hecho una llaga, postilla junto a herida y escocedura. Media hora antes del final de su turno, recoge a la anciana del suelo donde finalmente ha caído, le pone un pañal limpio, le da un poco de agua, le unta bálsamo en los labios agrietados y la peina. Sonríe cuando escucha la puerta, recoge su bolso, asegura a la hija que todo está en orden y se marcha.

Podría seguir. Podría hablar de quien lanza bombas sobre poblaciones habitadas, de quien secuestra y tortura, de quien golpea y asesina a una mujer… Hay miles de ejemplos, pero estos sirven para mi propósito. ¿Es malo un niño? ¿Es su naturaleza o lo ha aprendido en algún sitio? ¿Todos somos malos, solo que algunos hemos conseguido “civilizarnos”? ¿Es el diablo quien alienta estas conductas, o el ser humano es capaz por sí mismo de cometer las más atroces barbaridades?