Marta Marne: «Dedicamos poco tiempo al análisis de lo que leemos»

Marta Marne

Una persona que ha reseñado casi cuatrocientas obras literarias de todos los tiempos con rigurosidad, una redacción muy cuidada y ofreciendo opiniones fundamentadas merece todos mis respetos. Y ojo, que digo reseñar, que no leer, porque a buen seguro que Marta Marne habrá leído muchos más de los cuatro centenares de libros que conforman el listado de artículos de su web, Leer sin prisa.

Entre sus crónicas encontramos clásicos como Hamlet (William Shakespeare, 1602), Primer amor (Iván Turguénev, 1860), Arsenio Lupin, caballero ladrón (Maurice Leblanc, 1907) o El hombre de la litera número diez (Mary Roberts Rinehart, 1906), y otras mucho más actuales, como Desterro (Manuel Barea, 2016), Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado (Juan Ramón Biedma, 2015), Sangre fría (Claudio Cerdán, 2015) o Una mujer de recursos (Elizabeht Forsythe Hailey, 2015).

Sus opiniones son requeridas con frecuencia para entornos literarios de conocido prestigio, como la Revista Calibre .38 o Elemental, el blog de novela negra del periódico El País.

Le gusta especialmente acercar a los lectores las obras de autores y autoras desconocidos, y dedica semanas enteras a presentarnos esas pequeñas joyas literarias que permanecían escondidas en las estanterías de las bibliotecas, cubiertas de polvo y sin que nadie les prestara atención.

No les hace ascos a los clásicos, a la novela negra, a la literatura oriental, a los relatos, a los cuentos fantásticos e incluso a la romántica, siempre que tenga calidad.

Marta Marne es una devoradora de libros, un gran ratón de biblioteca que siempre que puede pasea su sonrisa y su cámara de fotos por los festivales literarios que se organizan en toda España.

 

En sus inicios reconoció que con su web y sus reseñas pretendía llenar el vacío intelectual que su vida laboral no llenaba. ¿Objetivo cumplido?

Mucho más de lo que nunca habría soñado. No es que tenga un trabajo intelectualmente pobre, porque no es así. Pero es cierto que se halla muy alejado de las letras y demasiado apegado a los números. No solo me ha servido como lugar de reflexión, sino como portal para conocer a gente fascinante relacionada con la literatura: editores, escritores, periodistas… Y por encima de todo, buenos lectores.

¿Cómo selecciona los libros que lee?

Trato de no dejarme llevar demasiado por las novedades editoriales, pero a veces es inevitable y caigo una y otra vez cuando piso una librería. Sin embargo, desde hace algunos años tengo muy en cuenta el año original de publicación de una obra, y las escritas entre finales del s. XIX y principios del XX me atraen como una polilla a la luz. Por ello tengo interminables listas con novelas y autores que quiero leer ordenadas por fecha y hasta por país de origen del autor. Soy una verdadera neurótica, lo sé.

¿Lee libros de los que conoce una reseña negativa?

Todo depende de la reseña y especialmente del autor de la misma. Tengo una serie de lectores de referencia de los que me fío a ciegas. Si la reseña negativa viene de ellos, entonces es más que probable que no lea ese libro.

¿Y de autores que no le han gustado una vez?

Rara vez. Hay autores que desde las primeras páginas puedo ver si lo que cuentan me interesa o no, si su estilo conecta con mis gustos, si considero que me aportan algo como lectora. Precisamente por todo esto, si no me ha gustado la primera vez no suelo repetir.

¿Ha recibido alguna vez presiones para escribir una crítica positiva?

Más que presiones para escribirla positiva, las he recibido por haberlas escrito negativas. Entiendo que no sean bien recibidas, y que los autores o las editoriales consideren que no soy nadie para opinar que un libro no es bueno. Por ello trato de argumentarlas incluso más que las positivas. Pero sí, más de uno y de dos han reaccionado mal.

¿Cuáles serían para usted los libros de obligada lectura?

La palabra “obligatorio” es peligrosa, porque suele asociarse a la palabra “aburrido”. Es cierto que sin esos libros obligatorios que tuvimos que leer en nuestra formación académica no seríamos los lectores que somos ahora. Opino que no importa tanto la calidad de los libros que se metan en esa lista como que esa lectura vaya acompañada de una reflexión. Creo que dedicamos muy poco tiempo al análisis de lo que leemos, tanto por contenido como por estructura, algo que irónicamente está cada vez al alcance de más gente por el fácil acceso que tenemos a determinados contenidos hoy en día. Las prisas por querer leerlo todo, en ocasiones, no nos permiten disfrutar del camino.

¿Cuántos libros calcula que no ha terminado? ¿Hasta dónde llega su cortesía con una obra?

Hasta hace pocos años podría contarlos con los dedos de una mano. Cuando decidía leer un libro, no lo abandonaba nunca. Contra viento o marea. Pero la experiencia me ha demostrado que necesito poco más de veinte páginas para saber si me gusta el estilo del escritor o ver cómo aborda el tema que trata en el libro. Por ello, el año pasado abandoné más de una veintena. Hay demasiado interesante por leer y muy poco tiempo para ello.

¿Papel o libro electrónico?

Ambos. Pero si tuviese que quedarme tan solo con uno, papel. Sin duda.

¿Qué opinión le merecen los best seller que aparecen periódicamente en medio de una enorme promoción mediática?

Tengo sentimientos encontrados. Por un lado, sé que son necesarios para las editoriales y que ese “chute” económico que les proporcionan sirve para que puedan editar libros más minoritarios. Pero la publicidad desmesurada unida en muchísimos casos a libros de muy baja calidad literaria, el que hundan en el olvido de las librerías a libros verdaderamente válidos, es algo que reconozco que me molesta. Como lectora huyo bastante de ese tipo de literatura.

No le voy a poner en el compromiso de elegir un autor como su preferido (además, seguro que son varios), pero sí quisiera que seleccionase el género que más le gusta leer, con el que más disfruta.

Va por rachas, aunque reconozco que el género al que siempre vuelvo es la novela negra.

Últimamente he visto en su web varias referencias a Japón, su cultura, su literatura y sus tradiciones, tan alejadas de las occidentales. ¿Cree que, como Japón, en el mundo todavía queda mucho por descubrir literaria y culturalmente hablando o que, por el contrario, ya está todo inventado?

Resulta cada vez más difícil innovar, es cierto. Pero el año pasado, por poner un ejemplo cercano, leí algunas novelas fabulosas con enfoques nuevos y nuevas miradas. Creo que cada generación que surge de escritores tiene una forma distinta de ver las cosas, y eso es lo que hace que sigan surgiendo libros interesantes. Los temas no varían tanto, pero creo que tampoco es necesario. Si nos paramos a pensar, prácticamente todas las novelas del mundo tratan de un modo o de otro las relaciones humanas. Lo enriquecedor es cómo lo aborda cada uno de los contadores de historias.

He cambiado de opinión, la voy a poner en un brete: ¿Qué tres libros se llevaría a una isla desierta?

Hombre, pues lo suyo sería algún manual de supervivencia, porque me da que lo iba a pasar bastante mal. Pero imagino que la intención vaya por otro lado.

En ese caso los escogidos serían la correspondencia entre Vincent y Theo Van Gogh (aunque tan solo tengo la escrita por Vincent, sería interesante tener también las respuestas a cada carta de Theo), los relatos de Edgar Allan Poe y los artículos periodísticos de Emilia Pardo Bazán.

Y después de tanto leer, y habiendo demostrado en sus post y artículos que escribir no se le da nada mal, ¿no se animaría con una novela?

Ya sabe que no se puede decir nunca “de este agua no beberé”, pero no entra dentro de mis planes. Una cosa es redactar un artículo de 2000-3000 palabras y otra muy distinta idear el universo que compone una novela. Me resulta mucho más atrayente lo que surge tras el nacimiento de un libro, el proceso de creación desde la parte editorial: correcciones, sugerencias de edición, maquetación… Poder formar parte de esa cadena sí que sería un sueño.

Soy periodista, y no me avergüenzo

Yo soy una periodista vocacional. Nunca, jamás, ni en mi más tierna infancia, he querido ser otra cosa que no fuera periodista. Recuerdo con nitidez aquéllos programas en blanco y negro en los que Carmen Sarmiento recorría el mundo y nos mostraba lo que ocurría más allá de nuestras fronteras, mucho más allá de mi corta imaginación infantil. Yo quería ser como ella. Sólo eso. Cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, siempre respondía que periodista, como Carmen Sarmiento. También recuerdo que mis padres sentían un mal disimulado orgullo ante la perspectiva de tener una periodista en la familia.
Entonces, periodismo era sinónimo de rigor, verdad, honestidad. Hicieras el periodismo que hicieras, no importaba si trabajabas en un medio internacional, nacional, o en el periódico de una pequeña provincia. A los periodistas se nos presuponía la honestidad, el esfuerzo, el afán por encontrar la verdad, por contar todos los puntos de vista.
¿Y ahora?
Es posible que no exista una profesión más menospreciada, vilipendiada y devaluada que la periodística. En la actualidad, los periodistas no sólo deben lidiar con los problemas intrínsecos y naturales del ejercicio de su trabajo, sino que, además, han de sortear numerosas presiones dentro y fuera de sus redacciones, un intrusismo profesional como nunca se había conocido y unas condiciones laborales que cada día se parecen más a las propias de un país subdesarrollado. Un trabajo que nunca ha tenido horario, en el que hay que estar al pie del cañón incluso los días más señalados del calendario, que envía a sus empleados a cubrir informaciones «con sus propios medios» y a los que, después, les revisarán los titulares para ver si coinciden con la línea editorial del medio en cuestión.
Siento tanta tristeza y amargura ante esta situación que apenas me he inmutado cuando he leído el artículo de Gervasio Sánchez que ha motivado esta diatriba (espero que sepáis perdonarme…).
Pero lo peor de todo es que esta situación está lejos de mejorar. Mi único consuelo es que sé que queda por ahí un puñado de periodistas de raza que aguantan como jabatos, contra viento y marea, empujando por ellos y por aquéllos que se han rendido. Remaré con ellos.

¿Existe el mal?

Hay cuestiones que son siempre objeto de polémica, de debate, de mesas redondas y de aseveraciones tan rotundas como lo son las negaciones que le acompañan. Son cuestiones que intrigan e inquietan, que dan que pensar, que rondan por la cabeza de más de uno y que cuenta con infinidad de ejemplos, tanto para corroborar una tesis como para refutarla.

Una de esos temas que trascienden culturas y generaciones es la existencia del Mal, así, con mayúsculas, como se planteó en una de las mesas redondas celebradas en la pasada edición de Pamplona Negra y en la que los escritores Rafa Melero, María José MorenoReyes Calderón y Carlos Bassas, junto con el experto en Demonología (la sola palabra ya pone los pelos de punta) Ricardo Piñero, debatieron sobre el cuerpo y el alma del Mal. Nadie dudó de su existencia, pero el debate se centró en si el ser humano lleva el mal en su interior desde que nace y, con los años, aprende a “domesticar a la bestia”, o si el mal es algo intrínseco sólo a unas cuantas personas, bien por padecer una enfermedad mental, bien porque han sido “poseídos” o bien porque, simplemente, disfrutan haciendo el mal.

Yo lo tengo claro. Creo que el mal existe, que nos rodea, nos acecha, nos pone a prueba, y muchas veces nos vence. El ser humano ha dado sobradas muestras a lo largo de la historia de su capacidad para ser malvado.

Todavía recuerdo con un escalofrío la exposición sobre instrumentos de tortura de la Inquisición que vi en Bilbao a finales de los años 80. Dejando a un lado las pesadillas que semejantes artilugios que produjeron durante semanas, todavía me pregunto cuántas horas dedicaron esas personas a idear, bosquejar y construir aquellos aparatos, capaces de infligir el máximo dolor durante el mayor tiempo posible.

Me siento incapaz, por supuesto, de ofrecer una respuesta tajante a la pregunta que hoy me hago. Sin embargo, creo que puedo proponer algunos casos reales para que quien quiera reflexione sobre las siguientes cuestiones: ¿Existe el mal? ¿Está el mal en nosotros?  

Caso uno: Un niño de trece años, miembro de una familia perfectamente estructurada, educado en valores, buen estudiante. Cada tarde, al salir del instituto, espera junto a la verja a que uno de sus compañeros abandone el centro. En cuanto el segundo niño sale, el primero se sitúa a su lado y comienza a insultarle. Le escupe en la cara. Tira de la mochila hacia abajo hasta que el niño cae al suelo. Le lanza dos patadas muy rápidas, le escupe de nuevo, le insulta, se ríe y se marcha. Mañana, más. Otros niños observan la escena a una distancia prudencial. En silencio. Sin hacer nada.

Caso dos: Un hombre de mediana edad, moreno, pelo negro. Fuma en la playa, a medianoche, mientras espera a que las decenas de personas que hacen fila sobre la arena embarquen una a una en la chalupa que les llevará a Europa. O eso es lo que creen. Les azuza de vez en cuando para que se den prisa. En el bolsillo le pesa el dinero que ha recaudado de cada uno de ellos, hombres, mujeres y niños. Lanza la colilla al mar y les increpa para que se aprieten más unos contra otros. Tienen que entrar todos. Finalmente, carga en la chalupa un bidón de gasolina y se dirige al varón que se ha sentado más cerca del motor. “Arrancaré la barca. Tú agarra el timón con fuerza y sigue recto. En pocas horas estaréis en España. Tranquilo, no tienes que hacer nada más, solo mantener el rumbo y añadir combustible cuando sea necesario. Hay de sobra”. Arranca el motor, sonríe y empuja la chalupa hasta el mar. Cuando la barca se pierde en la noche, da media vuelta y se dirige al café, tranquilo y satisfecho, con un buen montón de dinero en el bolsillo.

Caso tres: Una mujer de mediana edad, vestida con ropa deportiva barata y zapatillas blancas, sonríe mientras otra mujer, la que le ha contratado, sale de casa. Espera unos minutos después de oír el portazo y, entonces, se dirige hacia el salón de la casa. En uno de los sofás, una anciana con la mirada perdida, precariamente erguida merced al arnés que le rodea el torso, mueve la boca convulsivamente, muy despacio, sin emitir sonido alguno. Solo abre y cierra la boca, una y otra vez. La mujer la mira con desprecio, se acerca hasta casi tocarla, frunce la nariz al percibir el olor ácido de la orina y, sin mediar palabra, le cruza la cara de un bofetón. La agresión resuena en toda la estancia, pero el golpe ha sido solo el primer de los muchos que le seguirán. Le tira del pelo y la insulta, la empuja, le afloja el arnés para que el desvalido cuerpo se incline peligrosamente hacia delante. La deja con el pañal empapado, el culo hecho una llaga, postilla junto a herida y escocedura. Media hora antes del final de su turno, recoge a la anciana del suelo donde finalmente ha caído, le pone un pañal limpio, le da un poco de agua, le unta bálsamo en los labios agrietados y la peina. Sonríe cuando escucha la puerta, recoge su bolso, asegura a la hija que todo está en orden y se marcha.

Podría seguir. Podría hablar de quien lanza bombas sobre poblaciones habitadas, de quien secuestra y tortura, de quien golpea y asesina a una mujer… Hay miles de ejemplos, pero estos sirven para mi propósito. ¿Es malo un niño? ¿Es su naturaleza o lo ha aprendido en algún sitio? ¿Todos somos malos, solo que algunos hemos conseguido “civilizarnos”? ¿Es el diablo quien alienta estas conductas, o el ser humano es capaz por sí mismo de cometer las más atroces barbaridades?

Entrevista a Carlos Bassas

Glosar la figura y el curriculum de Carlos Bassas del Rey (Barcelona, 1974) me obligaría a extenderme más allá de lo que dictan los cánones en cuanto a longitud de una entrevista se refiere, y eso que todavía no ha cumplido los cincuenta años, edad a la que ha prometido escribir la GRAN NOVELA.

Si tuviera que definir a Bassas con una sola palabra, diría de él que es un hombre generoso, un oasis de sinceridad en medio de un mar de egos desmedidos. Es, además, una especie de moderno hombre del Renacimiento: escritor, poeta, guionista, director de cine, profesor universitario, periodista, maestro de Aikido, crítico literario y cinematográfico (aunque le gustaría serlo gastronómico) y máximo responsable del primer festival dedicado a la novela y al cine negro que se celebra en Pamplona y que este año alcanza su tercera edición. Su buen hacer, su capacidad de trabajo y un entusiasmo contagioso lograron que la cita noir fuera un éxito desde el primer día. Este año, Pamplona Negra presenta un cartel plagado de grandes figuras, incluidos un Premio Nadal (Víctor del Árbol), un Premio Planeta (Dolores Redondo) y un Premio Hammet (Carlos Zanón).

Pero, además, acaba de publicar la tercera entrega de la serie protagonizada por el inspector Herodoto Corominas, una novela que, según el sentir unánime de los críticos y los lectores, a los cuáles me sumo, supone la consagración de Carlos Bassas como escritor.

Mal trago (Ed. Alrevés) cuenta con todos los ingredientes necesarios para convertirse en lectura obligada para todos los amantes de la literatura negra: unos personajes sumamente atractivos y potentes, una trama de las que “enganchan” desde el principio y hace que el lector no pueda dejar de leer, ansioso por descubrir qué pasa al otro lado de la página, y una prosa deliciosa, sumamente cuidada, rica en matices y en giros pero sin caer en ningún momento en los molestos rizos y recovecos que utilizan algunos autores a modo de “relleno” o para demostrar la cantidad de adjetivos que conocen. Las palabras son las justas para cada situación.

Abrir con Carlos Bassas esta serie de entrevistas es para mí todo un honor.

“Escribir es gritar, es usar la ficción, la mentira,

para contar determinadas verdades”

 

―Crítica y lectores coinciden en afirmar que Mal trago, la tercera entrega de la serie protagonizada por el inspector Herodoto Corominas, es su trabajo más maduro hasta el momento. ¿Ha cambiado usted como autor, crecen los personajes o se trata de un proceso de aprendizaje?

Conforme cumples años, conforme vives, cambias como persona y como autor. Y eso se nota en tu forma de escribir, en tu forma de mirar y en tu forma de contarlo. A eso se une el hecho de que, tras más de cinco novelas, eres mejor escritor. O, al menos, tienes más práctica. Ya no sientes tanto la necesidad imperiosa de publicar, disfrutas más de los textos, los cuidas y mimas más, los trabajas a fondo. Y también hay otro hecho importante: durante ese tiempo también has leído más. Eso también te influye y te cambia. Y te hace mejor escritor.

―El inspector Corominas es un hombre “marcado por la vida y las circunstancias”. ¿Le marca a usted lo que escribe o deja su marca en los personajes y en la novela?

Ambas cosas. Es inevitable. Trasladas parte de tus vivencias, de tus experiencias a las novelas, a los personajes, lo que no significa que tus libros se conviertan en autobiográficos. No es eso. Usas las cosas que te han pasado, que has sentido, rabia, miedo, cabreo, alegría, tristeza. Ese es el combustible.

―¿Cuánto hay de real en sus novelas? Lo pregunto partiendo de la base de que se ha inventado incluso una ciudad en la que desarrollar sus andanzas.

Pues hay mucho de real. Tanto como de ficción, al menos. Pero no una realidad periodística o histórica, de nombres, de fechas, de actos, sino más bien el reflejo de cierta realidad general que te rodea, que ves, que hueles, que vives, que a veces te cabrea. Contra la que gritas. Escribir es gritar. Escribir es mirar de un modo peculiar, especial, certero. Escribir es, muchas veces, usar la ficción, la mentira, para contar determinadas verdades. Pero sin olvidar que estás contando una historia. Eso lo es todo. Un grito que no está bien construido, estructurado, tramado, narrado acaba rebotando en el vacío. El eco te lo devuelve hecho pedazos sin sentido.

―Hay quien escribe para olvidar la realidad; otros lo hacen por lograr fama y fortuna, y otros (entre los que me incluyo) porque no saben hacer otra cosa. Usted, ¿por qué escribe?

Yo sé hacer alguna que otra cosa más, pero escribir es de las que se me da mejor. O eso creo. ES una necesidad, es cierto. Y me encanta. Pero intentaré no morirme si algún día dejo de hacerlo. Lo que sí es importante para mí es que la escritura sustituye al psiquiatra que me tendría que pagar –y no son nada baratos— si no lo hiciera. Y el que les tendría que pagar de mi bolsillo a los que me rodean. ¿Fama? Es efímera. Y pesada. ¿Fortuna? Los que nos dedicamos a esto somos poco menos que monjes trapenses. La inmensa mayoría, al menos. ¿Olvidar la realidad? No. La necesito. Escribo sobre ella. Lo que quizás sí tengamos todos los escritores, cineastas, titiriteros, artistas y demás ralea de nuestro tipo es un cierto punto de vanidad. Pero eso cura. Espero.

―¿Hay algún tema tabú para usted, algo que nunca abordaría en sus novelas?

Creo que no. O, al menos, nunca me he dado de bruces con él.

―Retrocediendo un poco en el tiempo, ¿cuáles fueron sus primeras lecturas? Y ¿cuáles diría que son sus referentes literarios?

Mis primeras lecturas no difieren de las de muchos: Verne, Salgari, Stevenson, Twain. También los cómics: Astérix y Obélix, Tintín, Conan… Por suerte, mis padres tienen una biblioteca bastante generosa y variada y, con el tiempo, fui dando tumbos por los estantes, probando de todo. Y entonces, un día, te topas con Chandler, con Hammett, con Vázquez Montalbán, con Andreu Martín, con González Ledesma. Con Agatha Christie, con el padre Brown, con Poe, con Poirot, Miss Marple y Simenon. Y ya estás enfermo de peste negra. También enfermé por entonces de otra de las temáticas que más me apasionan: la divulgación científica, especialmente la física, la astrofísica, la peloantropología. La ciencia en general. Y conocí a Harper Lee y a Capote, a Salinger, a Gore Vidal, a Thoreau, a Whitman, a Vonnegut, a Tolstoi, a Dostoievski, Graham Greene. A Baroja. A Mendoza, a Marsé, a Laforet, a Matute, a Cela. Y, por supuesto, a Homero, a Sófocles, Eurípides, Esquilo, Shakespeare, que despertaron mi vocación como guionista. En mi caso, sin embargo, debo reconocer que, tanto como ellos, me influyeron también Chaplin, Ford, Welles, Lang, Hughes, Hataway, Leone, Siegel, Peckinpah y un sinfín más de cineastas.

―¿Se atreve a nombrar a sus autores imprescindibles?

Eso es algo muy íntimo. Prefiero desnudarme. Si hago un listado, me arrepentiré a los cinco minutos. Pero sí diré que, a día de hoy, Matar a un ruiseñor de Harper Lee sigue estando ahí arriba.

―Cambiando de tercio, está a punto de inaugurar la tercera edición de la semana Pamplona Negra, en la que este año se van a dar cita algunos de los nombres más sonados de la literatura policiaca nacional. ¿Qué le llevó a embarcarse en esta aventura?

Pues la envidia. El visitar otros festivales de novela negra y querer tener uno en casa, en Pamplona. Lo intenté por primera vez hace unos años, pero desistí. Después, con la llegada de Javier Lacunza a Baluarte, se lo propuse durante un café y me dijo: “Adelante”. Y aquí estamos. Navarra cuenta con un número cada vez más creciente e importante de escritores, y, en especial, de escritores de negro, así que también va por ellos.

―Este año, en Pamplona Negra se hablará mucho de la maldad. ¿Cree que, en cuanto a maldad se refiere, el ser humano ha dado todo de sí, o todavía somos capaces de hacernos más daño y de manera más cruel los unos a los otros?

Lo hemos visto todo y no hemos visto nada. La maldad no ha cambiado; lo que ha evolucionado es nuestra capacidad tecnológica para provocar dolor, matar, destruir, tanto a pequeña como a gran escala. Y me temo que lo seguiremos haciendo: encontrar nuevas formas de borrarnos del mapa, más eficientes, aseadas, sofisticadas, baratas y producibles a gran escala. Es una de esas maravillas de la sociedad de consumo, del libre mercado —el Mercado es ya el único ente libre sobre la faz de la tierra—. Estamos condenados. Y un hecho irrefutable lo demuestra: tenemos los medios de producción, la tecnología suficiente, el saber para erradicar de un plumazo la pobreza y el hambre en el globo, por ejemplo. No es una utopía tecnológica, ni de incapacidad de medios de producción. No es que podamos plantearnos la posibilidad de hacerlo a medio o largo plazo, es que podemos hacerlo ya. ¿Y por qué no sucede? Porque lo que sí sigue siendo es, por desgracia, ser una utopía política, social. Y todos somos culpables. Todos. No escurro el bulto. Cuando un político, ya sea de ámbito local, nacional o de un sacrosanto y aseado organismo internacional se indigna al decirle que él, sí, él, no quiere erradicar el hambre, la pobreza y la desigualdad social, no ya del mundo, sino la que hay en su pueblo, en su ciudad, en su país, se rasga las vestiduras y se siente insultado, deshonrado, vilipendiado. Pero es la verdad. Así de simple, de sencilla, de dura.

―Organizar este tipo de semanas en torno al género negro parece una especie de homenaje al crimen, a los asesinatos, a la violencia, ¿no le parece?

Es un homenaje a la literatura. Y a la amistad, al buen comer, al buen beber y a la buena conversación. El crimen, los asesinatos y los asesinos, los psicópatas, los sociópatas, la violencia y el mal existen ya, y existirán organicemos semanas negras o no. Aunque quizás algunos puedan llegar a pensar que si no se habla de ello en ningún lado ni se susurra en ninguna esquina, la cosa, sencillamente, no existe.

―Aunque ha sido muchas veces menospreciado y ninguneado, el género negro cuenta, sin embargo, con una legión de seguidores, tanto en la literatura como en el cine. ¿A qué cree que se debe esto?

A que lo oscuro nos atrae. No tenemos remedio. Y también nos atraen los misterios y los retos. ¿Qué tanto por ciento de la gente que pasa por delante de un accidente de tráfico, de un suceso trágico no puede evitarlo y siente la necesidad imperiosa de mirar, de asomarse al bulto cubierto por la sábana blanca o la manta de pan de oro? Uno muy alto. Naturaleza humana. Pura y dura. Aunque se lleve las manos a la cara como cuando éramos niños y no queríamos ver la escena de miedo en la tele. Siempre, siempre, acabábamos abriendo una grieta entre el corazón y el anular. Siempre. Luego venía la pesadilla.

―Y, por último, una pregunta que yo me he hecho muchas veces y que nunca he conseguido responder de forma satisfactoria: Si no fuera escritor, ¿qué sería?

Una de tres opciones, a cuál más atractiva: cocinero de postín, astrofísico (tipo Brian May, el guitarrista de Queen, forrado hasta la médula ósea) o escort de lujo para señoras pudientes.

El séptimo mandamiento

Hace unos días, una buena amiga mía me mostró entusiasmada, y recalco lo de entusiasmada, una foto de mi libro en la página de descargas ilegales de la que ella suele conseguir la mayor parte de sus lecturas. Tenía un montón de descargas y varios comentarios elogiosos. 

-Pero eso es robar- le digo.

-Ah, ¿si? ¿Y por qué? -me pregunta. Reconozco que en ese momento dudé de si me estaba tomando el pelo. ¿En serio me preguntaba que por qué descargarse un libro era robar?

Me cargo de paciencia y respondo con voz calmada.

-A ver… si no pagas por un libro, lo estás robando. Es como si entras en una librería, te metes un libro en el bolso y sales corriendo.

-Pero si alguien los ha puesto en internet es porque ya están pagados, ¿no?

-Pues no. Ningún autor recibe un céntimo por las descargas de sus libros de esos sitios web. Anda -le digo de buen rollito-, cómprate el ebook, que son muy baratos.

-Cómo me lo voy a comprar pudiendo bajarlos gratis.

Le faltó llamarme tonta. Desde luego, esa fue la cara que se me quedó.

¿Porqué pagar por algo que puedes lograr gratis? Desde luego, para el lector ese no es un gran dilema. Hay que ser muy honrado para comprar algo que regalan en la tienda de al lado. El lector no piensa en el daño que hace a las editoriales, a los libreros y, sobre todo, a los autores, que ven mermadas sus ventas y, por ende, sus ya de por sí discretos ingresos, porque demasiadas personas deciden acceder al producto de manera ilegal.

Y esa es otra, porque cuando insistes en que esas descargas son ilegales, lo normal es que te sonrían de medio lado, retándote a llamar a la policía.

De niños nos enseñan que no hay que robar, que es delito y puedes ir a la cárcel por ello. Para algunos, además, es pecado. Ya saben, el séptimo mandamiento, ese que dice «No robarás». Entonces, ¿porqué el común de los mortales no condena las descargas ilegales de música, cine y literatura? Si todo el mundo coincide en que es un robo, ¿porqué no se establecen mecanismos suficientes como para detener esta situación?

Es curioso que en Alemania, cuando alquilas un apartamento para pasar unos días e incluye conexión a internet, te adviertan explícitamente que está prohibido descargarse ningún contenido cultural, que está perseguido por la ley y que se rastrean las direcciones IP desde las que se efectúan las descargas ilegales. En España, en cambio, las páginas de descargas se recomiendan entre amigos.

Un robo es un robo, tan sencillo como eso. Ahora me falta por saber cómo convencer a la gente de que robar un libro mediante una descarga ilegal es lo mismo que entrar en el Carrefour y llevarte una radio.

Declaración de intenciones

Me ha costado mucho decidirme a incluir un blog en esta página web, fundamentalmente porque no sé si a alguien le interesa lo que yo pueda decir u opinar. Al final me he animado a dar un paso adelante e inaugurar esta serie de artículos, que aparecerán sin un periodicidad fija ni temática común, pero que espero que sean, al menos, constructivos.

Hablaré, como no, de mi obra literaria. ¡Para eso estamos aquí! Sin embargo, la atención excesiva y el egocentrismo siempre me han repelido un poco, así que tengo la intención de hablar de la obra de otros escritores, de los libros que voy leyendo y que me marcan de un modo u otro. Me gustaría charlar con autores y autoras que se van cruzando en mi camino, grabar las conversaciones y subirlas a este blog, o entrevistas tradicionales, con su titular, su entradilla y su retahíla de preguntas y respuestas. Esta es, además, la mejor manera que he encontrado de alimentar a la periodista que llevo dentro.

Relataré mis experiencias como escritora, lo que pienso y lo que siento. Espero, sobre todo, no caer en ese intimismo excesivo y absurdo que tanto me aburre cuando lo hacen otros.

Ya he dicho que soy periodista, así que no podré evitar abordar temas de actualidad. Aviso a navegantes: me gusta la política, hablar de política y discutir sobre política. Eso sí, siempre desde el respeto y sin intentar imponer mi punto de vista a nadie, porque tampoco tolero a quienes pretenden impartir verdad a golpe de mazo.

Me precio también de tener buen humor, así que cuando tenga el día gracioso quizá me salga un post socarrón. Confío en estar a la altura.

Y me gustaría, sobre todo, que este blog fuera un punto de encuentro para amantes de la literatura y de los libros. Escritores, lectores, libreros, bibliotecarios, blogueros, traductores, editores… El mundo del libro es apasionante. Yo apenas he empezado a rodar por él y estoy extasiada y fascinada, aunque, por supuesto, no es oro todo lo que reluce.

Esta es mi declaración de intenciones, lo que pretendo hacer a partir de hoy en este blog. Ya veremos dónde nos lleva la marea…

Bienvenidos todos y buen camino.