Relato negro. Un juego macabro

El primero en morir fue Sam Connors. Nadie podía creerse semejante noticia. Sam era un joven inteligente y agradable, muy atractivo, un atleta laureado a punto de entrar en la universidad. Un inmortal por definición.

Lo encontraron atado a un árbol, desnudo y asaeteado como un venado en una cacería medieval. Sí, asaeteado.

Nunca me había enfrentado a un asesinato semejante, en el que el arma homicida fuera una flecha. En realidad, muchas fechas. Once en concreto. Al menos, esas eran las heridas que tenía el cadáver, porque no encontramos ni una sola flecha, ni en el cuerpo ni a su alrededor. Después de matarlo, el asesino se entretuvo en arrancar las saetas de la carne. De no ser por algunas astillas de madera y restos de metal que encontró el forense en el interior de las heridas, lo que le llevó a determinar el tipo de arma utilizada, para asombro de todos, habríamos jurado que había muerto apuñadado.

¿Qué clase de persona arranca las flechas del cadáver después de practicar puntería con él? Las flechas no llevan número de serie, ni ningún rasgo distintivo. No es que cualquiera tenga flechas en su casa, pero quien las tenga no puede ser acusado de homicidio por el simple hecho de tenerlas. No es como un arma de fuego, que deja en la bala unas estrías características, como un documento de identidad único.

El segundo cadáver que apareció fue el de Rhonda Myers, mujer, 52 años, afroamericana, profesora de química en el instituto local, casada y madre modelo de tres adolescentes. Temida y respetada a partes iguales por profesores y alumnos. Todos juraron que la echarían de menos, porque aunque dura, sabían que era justa.

La encontramos dentro de una alcantarilla, literalmente cubierta de mierda, después de que un vecino avisara a la policía. Vio brillar algo dentro del colector, que resultaron ser los diamantes de imitación que la señora Myers llevaba en la diadema con la que se retiraba el pelo de la cara.

El arma homicida… un arpón para cazar tiburones. O para repelerlos, no estoy seguro. En cualquier caso, se trataba de un arpón que, extendido en toda su longitud, medía dos metros de largo, la mitad si estaba recogido, un instrumento aún más extraño que las fechas, sobre todo teniendo en cuenta que la playa más cercana está a casi mil kilómetros de aquí. Y sabemos que se trata de un arpón de tiburones porque, esta vez, no se llevaron el arma, sino que la dejaron atravesando de lado a lado a la pobre señora Myers, que quedó casi partida por la mitad.

El tercero en morir fue Jim Strike, mi compañero. Su mujer me llamó para decirme que no había vuelto a casa la noche anterior. Lo encontramos al amanecer, sentado en su coche, con el corazón atravesado por un piolet de escalada.

Vivimos en una planicie interminable, una explanada en la que la colina más alta es la que cada año forma Phil Murray con los excrementos de sus vacas. No hay montaña, como tampoco hay mar.

Una flecha, un arpón, un piolet.

Tenía que llamar a los federales. Esto era demasiado para un poli de pueblo acostumbrado a mediar en peleas de borrachos, dirimir problemas de lindes, algún que otro caso de violencia doméstica y buscar reses perdidas. Ni una muerte no natural en veinte años, ¡ni una! Y ahora tenía sobre la mesa tres asesinatos en poco más de semana y media. Y uno de ellos, el de mi propio compañero. Sin Jim, la plantilla de la policía de Holloday (como suena, no hay un error, no se trata de «vacaciones» con errata. O quizá sí, pero así se ha llamado toda la vida) se reducía a una administrativa a tiempo parcial, la señorita Mulligan, y dos oficiales, Stephen Doyle y Marc Young. Juntos formábamos una banda de WASP de manual. Blancos, anglosajones y protestantes. Además de cuarentones, casados y abnegados padres de familia. En mi casa, por ejemplo, me esperaban mi esposa, Ann, y mis dos hijas, Helen y Alexia, de 15 y 17 años respectivamente.

Tres funerales en diez días… Aquello era demasiado para cualquiera. La gente tenía miedo, solo salían de su casa si era necesario y, si lo hacían, caminaban mirando a cada momento por encima de su hombro. Ese miedo provocó que apenas acudieran unos pocos vecinos al sepelio de Jim. Constantemente, incluso durante el servicio religioso, mi teléfono vibraba con mensajes de vecinos que aseguraban haber visto algo sospechoso rondando cerca de su casa. Se avistaron, por este orden, una banda de peligrosos moteros (que resultaron ser Andrew Thomas y su hijo que volvían a casa con sus viejas y estruendosas motocicletas), una banda de negros (la familia de la señora Myers, que vino desde Philadelphia para asistir al funeral) y un platillo volante (para eso no encontramos explicación, más allá de la botella de whisky que Buster, quien nos avisó del avistamiento, se había trasegado él solito un par de horas antes. Le dejamos durmiendo la mona mientras sus ojos seguían viendo lucecitas blancas y moradas en el cielo).

Tras el funeral de Jim, me despedí de su mujer y sus hijos, que se comportaron como dos valientes durante toda la ceremonia, sosteniendo a su madre y sin derramar ni una sola lágrima, y conduje despacio hasta mi casa. La pregunta que me rondaba la cabeza desde el principio, y que sabía que era imprescindible responder para poder avanzar en la resolución del caso, es quién podía tener esas armas en su casa.

En el pueblo nos conocíamos todos desde pequeños, todas las familias llevaban varias generaciones asentadas en la localidad y hacía al menos dos décadas que no recibíamos forasteros. Los últimos en llegar, de hecho, fueron los Myers, cuando la difunta Rhonda aceptó el puesto de profesora en el instituto.

No imaginaba que ninguno de mis vecinos pudiera guardar en su garaje unas flechas, un arpón y un piolet, y mucho menos utilizarlos para matar a nadie.

La investigación estaba en punto muerto. Los resultados de las autopsias eran desconcertantes: ninguna de las víctimas luchó antes de morir, lo que podría entenderse en el caso de la señora Myer, ya que un arpón puede lanzarse a distancia, pero para clavar un piolet, el cuerpo de víctima y atacante no pueden estar a más de un metro de distancia, el largo de un brazo; y no hay que olvidar que a Sam Connors lo ataron a un árbol completamente desnudo.

No se les conocía enemigos, no habían discutido con nadie, ni recientemente ni en el pasado, no tenían deudas, ni vicios inconfesables. De hecho, ninguno de los tres fumaba, y tanto Jim como Rhonda eran abstemios convencidos. No diré lo mismo de Sam, pero con veinte años es normal echar un trago de vez en cuando…

Llegué a casa desmoralizado, hundido, dispuesto a llamar a la caballería al día siguiente.

—Mañana llamaré al FBI —anuncié en cuanto me senté a la mesa. Mi mujer y mis hijas me esperaban con la cena preparada.

—¿Y porqué tienen que venir de fuera, papá? —me preguntó Helen, la menor de las dos—. Tú eres el sheriff, resolverás el problema.

—No es un problema, cariño, son tres cadáveres, tres asesinatos sin resolver, y lo peor es que no tengo ni idea de por dónde empezar a buscar.

—Yo no les llamaría todavía —intervino a Alexia—. Luego se querrán quedar con todos los méritos.

—Pues que se los queden, mientras se lleven también al asesino.

—O asesinos. ¿Lo has pensado, papá?

No, no lo había pensado. Desde el principio di por hecho que se trataba de un único homicida, un loco que se había pasado por Holloday y había dado rienda suelta a sus instintos sangrientos. Quizá ya ni estuviera en el pueblo. Preguntaría en las localidades cercanas, por si tenían casos similares, antes o después de los nuestros.

Miré a mi mujer. Estaba extrañamente callada.

—¿Te encuentras bien, cielo? —le pregunté.

Ella sacudió un poco la cabeza y sonrió.

—Tengo jaqueca. Llevo toda la tarde mareada y con el estómago revuelto; me temo que estoy incubando algo.

—Será mejor que te acuestes y descanses. Si mañana sigues así, llamaremos al doctor Perkins.

—Sí, será lo mejor. Niñas, ¿recogeréis vosotras la mesa?

—Claro, mamá. Que descanses.

Como un resorte, las dos se levantaron mientras su madre se dirigía escaleras arriba hacia nuestro dormitorio. Alexia y Helen recogieron la mesa y fregaron los platos en silencio, mientras yo seguía sumido en mis propios pensamientos.

Las muertes, las víctimas, las armas… nada tenía sentido.

—Papá —me llamó Alexia—, ¿puedes bajar al sótano y echarnos una mano con un proyecto que tenemos que hacer?

—¿Las dos?

Mis hijas se llevan dos años y dos cursos, me extrañó que trabajaran juntas.

—Bueno, el proyecto es mío, pero Helen me está ayudando. De hecho, es mejor que yo en esto. También ha ayudado a algunos de mis compañeros, es buenísima resolviendo problemas.

—Vaya. Claro, os ayudaré encantado. Me vendrá bien distraerme con algo.

Bajamos al sótano, que hace años acondicionamos como sala de juegos y de estudio para las chicas. No era el típico sótano tenebroso de las películas, sino un amplio salón bien iluminado con televisión, un par de butacas, mesas, sillas, estanterías y equipo de música.

Bueno, ese día estaba un poco diferente. Quizá se debiera a que hacía mucho que no bajaba. Seguro que las chicas contaron con la aprobación de Ann para hacer los cambios.

La mesa más grande estaba ahora en mitad de la sala. Sobre ella, un montón de objetos descansaban tapados por una enorme sábana. Apenas se adivinaban su siluetas bajo la tela. Un plástico grueso cubría buena parte del suelo, desde la mesa hasta la pared del fondo, y habían colocado una silla en el centro.

—Necesitamos que te sientes en la silla. Se trata de un experimento de velocidad, peso y resistencia —me pidió Alexia.

—¿Para física?

—Más o menos.

Me senté.

—Echa las manos hacia atrás, por favor.

Lo hice.

Un segundo después, con un movimiento extraordinariamente rápido e inesperado, Helen me cogió las muñecas y me inmovilizó con mis propias esposas. Con la misma rapidez, Alexia se agachó y me ató las piernas a las patas de la silla con unas bridas de plástico. Estaba inmovilizado.

—¿Qué hacéis? Esto no tiene ni pizca de gracia. Y os he dicho un millón de veces que no podéis tocar mis herramientas de policía. Nunca. Son peligrosas.

—No te preocupes, papá. No lo volveremos a hacer. Nunca.

Me pareció que había cierto sarcasmo en sus palabras, pero me dije que no, que era imposible que mi niña, mi pequeña Alexia, hablara con ese tono a su propio padre.

—Bien, ¿me vais a explicar qué estáis haciendo?

—Vencer —respondieron las dos al unísono.

—Vencer ¿a quién?

—A los pardillos de nuestros amigos.

—No lo entiendo…

—Verás, hemos hecho un reto. Empezó Kevin Connors.

—El hermano de Sam… —musité.

—Sí, su hermano. Viene a mi clase, también tiene diecisiete años, aunque parece un crío. Ganó un montón de puntos por ser el primero, no era fácil, pero lo que hizo fue muy sencillo. Y además, aunque no lo reconoce, estoy convencida de que le ayudaron. Seguro que Matt o John le echaron una mano. Él solo no podría atar a Sam a un árbol, ni obligarle a que se desnudara. Pero no tenemos pruebas, así que puntuamos en base a los resultados.

—Era lo justo —intervino Helen, que estaba ocupada manipulando unas maromas que ascendían hasta las vigas del techo.

—¿Kevin mató a su hermano?

—¿A que parece increíble? Pues sí, lo hizo. Y eso que tiene toda la pinta de ser un mequetrefe asustadizo. ¡Nos dejó a todos pasmados! La flecha era de su bisabuelo, que fue trampero.

—¿La flecha? ¿Sólo una? ¿Le clavó once veces la misma flecha?

—Ajá.

—Dios mío… Soltadme, tengo que ocuparme de eso. Os ayudaré después, prometido.

No sé si no me oyeron o hicieron como que no me habían oído.

—Mia Myers subió la apuesta. Lo suyo fue increíble. Compró un arpón por internet, en una página de útiles de pesca, e hizo que se lo enviaran a un buzón de recogida de paquetes de Loversville. Le pidió el coche a su madre para ir a entrenar, pero en lugar de eso fue hasta allí, recogió el paquete y volvió.

—¡Oh, Dios! —no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—Lo mejor es que sus padres no se podían enterar de que no había ido a entrenar, así que, antes de volver a casa, paró el coche detrás de la gasolinera y comenzó a hacer flexiones para sudar y mancharse la ropa. Esa tía es un genio, de verdad te lo digo, papá.

—Pero… Rhonda estaba en una alcantarilla…

—Fácil —siguió Alexia con una enorme sonrisa en la boca—. Por la noche no hay nadie en la calle en esta mierda de pueblo, así que la subió al coche, bien envuelta en un plástico como este, condujo hasta detrás del colegio, levantó la tapa de las cloacas y la lanzó dentro. Yo pienso que aquí también la ayudaron, quizá su hermano mayor, porque no creo que pudiera llevar ella sola el cuerpo, con el arpón puesto, hasta el coche, pero ella dice que no y, una vez más, valoramos los resultados, que son muy buenos.

—Soltadme… —balbuceé.

—Y luego le tocó a Arthur Strike.

—El hijo de Jim.

—Sí. Es el que menos puntuación ha conseguido hasta ahora, será fácil de superar. Imitó a Mia y compró un piolet por internet, pero se lo trajeron a casa. Le dijo a su madre que eran unas zapatillas, y ella ni siquiera lo comprobó. El reto tampoco tuvo demasiada complicación. Llamó a su padre para que fuera a recogerlo al parque que hay a las afueras, junto al merendero. Le preguntó qué hacía allí, pero le dijo que luego se lo explicaría. Cuando su padre llegó, se subió al coche, le clavó el piolet en el pecho y se marchó con la bici con la que había ido. Como digo, demasiado simple. Le hemos dado un par de puntos más porque su padre era policía e iba armado, pero aun así, creo que hemos sido demasiado generosos.

—Por el amor de Dios, esto ha ido demasiado lejos, ¡soltadme ahora mismo! No diré que me lo habéis contado, podréis declarar como testigos protegidos.

—No, papá. Ahora me toca a mí.

—Con mi ayuda —le cortó Helen.

—De acuerdo, con ayuda de Helen, pero todos han tenido ayuda, aunque no lo digan.

No daba crédito a lo que estaba oyendo. ¿Mis propias hijas…?

—Vosotras….

—Lo que hemos preparado parece sencillo, pero no lo es en absoluto. —Se alejó un poco y levantó la tela que cubría la mesa, mostrando una variada y macabra colección de objetos mortíferos—. Hemos reunido todas estas cosas, pero es muy vulgar, aburrido, así que se nos ocurrió algo realmente genial.

Mientras hablaba, se acercó a un trípode que sujetaba su teléfono móvil. Manipuló la pantalla, se puso delante y saludó sonriente a la cámara.

—Listo —anunció Helen.

—Tendremos que cortar esta parte —protestó Alexia—, no quiero que salgas en la película o tendrán pruebas de tu colaboración.

—De acuerdo, como quieras —repuso la pequeña con un mohín irritado.

Alexia saludó de nuevo a la cámara y empezó a hablar como si fuera una presentadora de televisión.

—¡Todo listo! Ese que está sentado en la silla es mi padre, el sheriff Patrick White. Está atado, inmóvil. ¡Le he esposado con sus propias esposas! Como veis, sobre su cabeza hemos colgado un enorme yunque de hierro, de los que utilizan los herreros, aunque tengo que reconocer que a mí la inspiración me la han dado el coyote y el correcaminos, y todos esos dibujos animados a los que les lanzan yunques a la cabeza y se les queda así, aplanada, como un plato. ¡Es súper divertido!

—Alexia —la llamé, desesperado—. Alexia, escúchame. Esto no es un dibujo animado. Si ese yunque me da en la cabeza, me matará. No sobreviviré. No será divertido.

—Oh, papá, lo sé. No soy idiota. ¡Pero sí que será divertido! Por eso lo hacemos, porque vivir en este pueblo es un completo y absoluto aburrimiento.

—Por favor… ¡Ann! —grité, llamando a mi mujer—. ¡Ann! ¡Socorro!

—Mamá está dormida. Cogí esas pastillitas que toma de vez en cuando y mezclé unas cuantas en la infusión que se toma todas las tardes. Tardará mucho en despertarse. —Se volvió de nuevo hacia la cámara, se sacudió el pelo y sonrió con picardía—. El plan es el siguiente: a la de tres, soltaré este nudo y el yunque caerá sobre la cabeza de mi padre. Luego lo envolveré en el plástico, lo meteré en el coche, junto con el yunque, y lo colocaré en el granero de los Smith. Su hijo es un imbécil.

Intenté con todas mis fuerzas mover la silla, pero fue imposible. Estaba anclada al suelo. Alexia me guiñó un ojo. Habían pensado en todo.

—Ayer cogí el yunque del Museo de Historia Americana. Al principio pensé en devolverlo después de… usarlo, pero luego decidí que sería mejor dejarlo junto a mi padre. Así todos sabrán que este reto ha sido doble: robar el arma y cumplir el reto. ¿Listos?

—¿Reto? ¿Qué reto?

—El kill challenge, papá.

Y soltó el nudo con un agudo chillido de emoción.

Relato negro. Requiescat in pace

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Flora pasó una vez más por delante de la puerta del velatorio, abierta de par en par. Todo seguía igual que la última vez que hizo ese mismo recorrido en sentido inverso. Una sola persona, un hombre ya mayor cubierto con un abrigo que había conocido tiempos mejores, contemplaba, solo y en silencio, el féretro colocado sobre la tarima.

Se asomó con discreción. Quería echar un vistazo al ataúd, conseguir información adicional, pero fue inútil. Ni una flor, ni una fotografía, ni un cura junto al púlpito. El hombre velaba solo a quien descansara en esa caja.

Flora sintió lástima por él. En toda su vida como limpiadora en el tanatorio municipal había visto algo tan triste. En los casi veinte años que llevaba pasando la fregona por los brillantes suelos de ese deprimente lugar había visto casi de todo: familias peleándose por la herencia delante del féretro, cajas adornadas con colores vivos y chillones, ataúdes abiertos que mostraban sin pudor la poca dignidad que le queda a un ser humano cuando ha dejado de respirar, e incluso cadáveres maquillados como cabareteras de los años 50.

Había sido testigo de dolorosas despedidas, de profundos sermones, de chistes contados con la voz rota para mitigar el desconsuelo de los presentes, e incluso de un pequeño concierto de rock, último deseo del finado, que fue el único que se libró de las desafinadas notas de aquellos cuatro melenudos vestidos de cuero negro. ¡Cuánto mejor los violines o el arpa que solían acompañar a los funerales más ilustres!

Pero aquello era, sin duda, lo más triste que había visto nunca. Escondida detrás de la puerta, imaginó que se trataba de un viudo que velaba a su mujer, recién fallecida. Habrían llegado de lejos y quizá Dios no les bendijo con descendencia, por lo que estaban solos en la ciudad. O quizá los hijos, como ellos hicieron antes, tuvieron que emigrar para ganarse las lentejas y no podían asistir a las exequias de la madre para no perder el trabajo que tanto les había costado conseguir.

De pronto, el hombre levantó la cabeza y la descubrió agazapada tras la puerta. Enderezó la espalda, se levantó de la silla y extendió un brazo, invitándola a pasar.

―No quería molestar ―se disculpó Flora.

―No se preocupe, no molesta ―respondió él en voz baja, como si la persona de dentro de la caja estuviera en realidad durmiendo y no quisiera despertarla.

―Me extrañaba verlo tan solo…

―Mi mujer y yo no conocíamos a mucha gente en la ciudad.

―¿Es su esposa la que…?

Dejó la pregunta en el aire. No era necesario decir más.

Él asintió en silencio.

―La perdí ayer y hoy la he traído aquí. Llevaba mucho tiempo enferma y ella misma escogió el ataúd. Cuando el médico se marchó, la metí en la caja, la cargué en la furgoneta y vinimos. El entierro será esta tarde, pero no quiero dejarla sola, por si acaso…

―¿Por si acaso? ―preguntó Flora, sorprendida.

―Ya sabe, dicen que a veces los muertos no lo están en realidad y se despiertan cuando ya es demasiado tarde. No quiero que eso le pase a mi esposa. Por eso estoy aquí, y aquí me quedaré, si no molesto, claro.

―¡No molesta usted en absoluto! Puede quedarse tanto tiempo como quiera. ¿Necesita algo? Un bocadillo, un café…

Flora lo observó con disimulo. El gastado abrigo ocultaba un pantalón de pana que un día fue gris pero que ahora lucía de un blanco muy sucio. Parte de la pana había desaparecido por el roce, dejando en su lugar enormes parches lisos. Por encima del cuello del abrigo asomaba una bufanda verde, y en los pies distinguió un par de enormes botas negras deslustradas y agrietadas en los lados.

Sintió una lástima instantánea por ese hombre. Tanta desgracia junta…

―Me vendría bien un poco de compañía, solo eso, pero entiendo que está usted ocupada, así que no se preocupe.

Flora parpadeó unas cuantas veces antes de responder, aunque ya había tomado una decisión desde el primer pestañeo.

―Puedo pasar con usted mi media hora del almuerzo ―afirmó rotunda―. Traeré la comida y la compartiremos, si no le parece mal comer delante de su esposa, claro…

Él sonrió. Flora juraría que se le habían humedecido los ojos.

―Se lo agradezco tanto… ―musitó.

―Espéreme aquí, ahora mismo vuelvo.

Acto seguido se levantó y abandonó la sala a toda velocidad. Volvió a los pocos minutos con la fiambrera en la que cada día traía su almuerzo y unas cuantas cosas más que había comprado en la máquina de la entrada.

―Cierre la puerta, por favor ―le pidió él―, no quiero que cualquiera que pase piense que estamos celebrando una fiesta durante el velatorio.

Flora sonrió condescendiente y cerró la puerta.

―No se preocupe, las otras dos salas ocupadas están al otro lado del edificio, no pasará nadie por aquí en un buen rato.

Él asintió y sonrió. Eso ya lo sabía. Justo por eso había elegido esta sala cuando entró en el tanatorio empujando el féretro. Nadie le detuvo, nadie le hizo preguntas. No hay nada más normal en un sitio así que una persona trasladando un ataúd.

―¿Quiere ver a mi esposa? ―le preguntó en voz baja.

Flora se estremeció. Iba a decir que no; de hecho, deseaba decir que no, pero la mirada ansiosa del hombre apeló de nuevo a su buen corazón, así que esbozó una sonrisa y movió la cabeza de arriba abajo.

―Claro ―accedió―, por qué no. Le diremos adiós juntos.

―Gracias.

Echó un rápido vistazo a la puerta, que seguía cerrada, y caminaron con paso lento y respetuoso hacia el ataúd. El hombre se aproximó el primero. Como marido, él debía levantar la tapa. Luego se acercó Flora. Primero un poco, tímidamente. Luego un poco más.

―Pero…

No tuvo tiempo de decir nada más. Un golpe seco en la nuca la dejó inconsciente. Antes de que cayera al suelo como un fardo, el hombre la sujetó por las axilas y, con determinación, la levantó y la metió en la caja. Cayó boca abajo, pero ya habría tiempo luego de arreglarlo todo. Con la tapa todavía abierta, sacó una jeringuilla del bolsillo de su abrigo y se la clavó a Flora en el brazo, por encima de la ropa.

―Te arreglaré, te pondré guapa ―murmuró él― y luego veremos cuánto me duras.

Cerró y aseguró el ataúd, arrancó de un tirón las telas que ocultaban la parte inferior de la peana, que en realidad era una camilla metálica, y la empujó hacia la puerta. Abrió con cuidado y asomó la cabeza al pasillo. No tenía que apresurarse, la buena señora tardaría horas en despertar. Le encantaban las almas cándidas, llevaba toda la vida cazando corderitos y jamás le habían descubierto. Ya se sabe que sin cadáver…

Encorvó la espalda, bajó la cabeza, dibujó un rictus de tristeza en su cara y salió por donde había entrado. El hombre de la recepción, uno diferente al que le había visto llegar, apenas le dedicó un segundo cuando lo vio. Nada más habitual que un féretro entrando o saliendo de un tanatorio.

Las puertas automáticas se abrieron para dejarlo pasar y se cerraron a su espalda.

Sonrió cuando introdujo la caja en su coche, idéntico a los que usaban en las funerarias. De hecho, se lo compró de segunda mano al propietario de una empresa de pompas fúnebres. Desde entonces su vida había dado un giro de ciento ochenta grados.

―Bueno, a ver cuánto me duras, criatura ―repitió.

Acarició la caja, cerró la puerta trasera, arrancó el motor y desapareció.

Pagar mis deudas. Una visita a Cáritas.

caritas webHa pasado un año desde la publicación de «Deudas del frío» y apenas falta una semana para que «Te veré esta noche» llegue a las librerías. Y a estas alturas, debo confesar que todavía tengo una gran deuda que saldar. Hoy es el día.
Quien me conoce sabe que doy una gran importancia a la fase de documentación antes de sentarme a escribir. Para «Deudas del frío» consulté con la policía, con economistas, leí libros sobre finanzas… Pero hay algo que no hice: visitar un comedor social ni un albergue para transeúntes. Me daba pudir, vergüenza. ¿Quién soy yo para «mirar» cómo viven los que no tienen nada? Eso no es una feria… Así que me lo inventé, lo que no está mal, porque al final la novela es ficción, pero no era del todo real.
Unas semanas después de la publicación del libro se puso en contacto conmigo Iñaki Rey, responsable de Cáritas en Pamplona y Tudela, precisamente el comedor que aparece en mis páginas, y, muy divertido por lo que yo había escrito, me invitó a visitar el comedor de Burlada, muy cerca de Pamplona. Le dije que no era necesario. El pudor… Pero me convenció.
Y fui.
Y comí con los que no tienen nada.
Y hablé con las voluntarias que trabajan allí.
Y escuché sus historias.
Y me quedé sin palabras.
Acerté en parte en lo que describí en mis páginas, pero erré en el ambiente, en la voluntad, en las sonrisas, en la perfecta organización, en la determinación de que todo el mundo se sienta cómodo y bienvenido.
Familias con niños; hombres solos, bien vestidos o ataviados con ropa ajada y pasada de moda; unas cuantas mujeres también solas, las menos y casi todas africanas, que se reunían en la misma mesa y charlaban de sus cosas en voz alta en una lengua ininteligible…
Iñaki me iba contado las pequeñas historias de cada uno, quiénes eran y por qué estaban allí. Había comensales que llevaban varios años acudiendo a diario, y otros que eran casi unos recién llegados. Las madres se llevaban la comida a casa y hablaban de sus hijos con las voluntarias mientras les llenaban los tápers. Algunos hombres mostraban un documento que les acreditaba como asistentes a los talleres ocupacionales que la propia Cáritas organiza e imparte, y unos cuantos recogían una bolsa con la comida en envases de plástico para poder comérsela más adelante. Era Ramadán y aquí, como todo, el respeto es lo primero.
Creo que así queda zanjada la deuda que adquirí hace casi un año, cuando me invitaron a comer arroz con tomate, pescado y un yogur.
No sólo yo. Toda la sociedad tiene una deuda inmensa con estas personas que ayudan a quienes no tienen nada y lo hacen desinteresadamente, con una sonrisa en la cara y el deseo de que ese sea el último día que les ven, porque hayan logrado salir adelante por sí mismos.
No es fácil estar allí, no es fácil vivir de la caridad, pero si quien te la sirve se siente tu igual, las cosas son mucho más sencillas.
Gracias.

Relato negro. No asomes la cabeza

Se lo dije desde el principio. Expuse mis condiciones con franqueza, sin tapujos, hablando claro en todo momento. Ellos me miraban y asentían, pero en el fondo sabía que no me estaban escuchando. Podía verles mirar de reojo a los móviles que descansaban, falsamente ignorados, sobre la isla de mármol de la cocina. Sonreían y asentían, pero no oyeron ni una sola de mis palabras.

Se lo dije. Trabajo de siete a cinco, de lunes a sábado. Libro la tarde del miércoles y el domingo. Pasadas las cinco permaneceré en mi habitación, seré una sombra en la casa, ni me verán ni me oirán hasta las siete de la mañana siguiente. Salvo que haya un incendio, claro. No sonrieron con la broma. Otra muestra de que no me estaban haciendo caso.

Empezamos mal y hemos terminado peor.

Primero fueron peticiones sutiles, pequeños golpecitos en la puerta de mi habitación antes de asomar la cabeza, sonrientes. Como siempre. «Celina, ¿me podrías hacer una tortilla para cenar? Estoy agotada…», «Cielo, ya sé que son casi las ocho de la tarde, pero necesitaría el traje planchado para primera hora de la mañana, ¿serías tan amable…?». Les avisé de que eso no podía seguir así, que esos pequeños favores acabarían convirtiéndose en costumbre. No me escucharon. Pero no sé de qué me sorprendo. Todos son iguales.

Las sonrisas y los «por favor» pronto se transformaron en exigencias. Daban por hecho que, si vivía bajo su techo, estaba a su servicio las veinticuatro horas del día. Error. Debieron escucharme. Ya no llamaban a la puerta. Me asaltaban a cualquier hora para pedirme la cena, ropa limpia o que recogiera el salón. ¡A las diez de la noche!

Se lo dije. Se lo advertí.

Hoy he sido yo la que ha entrado en su habitación sin llamar. No me han oído. Soy invisible, es una de mis virtudes. Todas somos invisibles.

Ya no volverán a asomar la cabeza en mi cuarto. Ni en ningún otro. Llevo la de él en la mano derecha y la de ella, en la izquierda. Lo único que me apena es pensar en quién tendrá que limpiar el desastre. Yo no. Yo trabajo de siete a cinco. Se lo dije.

La sangre va marcando el camino hacia la puerta. Una pena, una madera tan brillante, tan bonita. Sólo tenían que haberme escuchado. Una pena.

Relato negro. Sólo un trabajo

tunel hospital para webLas paredes estaban empapadas de sudor y sangre. Brillantes surcos de vaho condensado serpenteaban entre los goterones rojos, a veces grumos pegajosos, que habían llegado hasta las baldosas desde la boca del prisionero.

―Esto no tiene porqué ser así ―le susurró uno de los tres hombres que daban incesantes vueltas a su alrededor. Sintió su aliento pegado a la nuca, lo que le provocó un nuevo y doloroso escalofrío―. Te lo he dicho ya muchas veces. Dime dónde está tu hermano y saldrás por esa puerta, libre y feliz.

Esperó. Todos esperaron. La respiración acelerada, el sudor mojándoles la ropa después de diez horas encerrados en aquel sótano, la puerta cerrada a cal y canto para que nadie entrara, para que nadie oyera. Olía a moho y a meados (el prisionero, un chaval de apenas dieciséis años que entró hecho un gallito y del que apenas quedaban ahora los espolones, había tenido la desfachatez de mearse encima. Recibió su merecido por ello).

―Él no ha hecho nada ―susurró el joven amarrado a la silla de metal. Las palabras escaparon entre los huecos en los que antes estaban sus dientes, que hacía ya un buen rato que yacían en algún rincón de ese suelo putrefacto.

―Mejor me lo pones ―respondió el que parecía el jefe, el que le había golpeado con más saña, el que le había insultado, amenazado y retorcido los miembros hasta casi arrancárselos―. Si no ha hecho nada, lo traemos, nos lo dice, nosotros lo confirmamos y fin de la historia. Tampoco es que se interese mucho por ti ―siguió, con la mofa pegada a las palabras―. Sabe que estás aquí y no ha hecho nada por liberarte.

Oyó el golpe antes de sentirlo. La enorme barra metálica cruzó el aire con un siseo aterrador y se estrelló contra su espalda. Algo se rompió en su interior. Varios huesos, quizá un pulmón. Y su voluntad.

Sin lágrimas, porque no cabían entre la hinchazón de sus ojos, les dijo muy bajito el lugar en el que su hermano se escondía.

Se dijo a sí mismo que todo saldría bien. El hombre que acababa de partirle el alma le dijo que todo saldría bien.

―Ya sabéis ―ordenó en tono marcial―. Lo de siempre, rápido y sin rastro.

Salió de allí mientras sus subordinados se ocupaban del infeliz. En pocas horas, su hermano ocuparía esa misma silla. Malnacidos, ladrones, unos hijos de puta a los que nadie echaría de menos. Por hoy, había cumplido con su cupo de servicio a la sociedad. Le dolían los brazos y los riñones. Se estaba haciendo mayor.

Se cambió de ropa y salió pitando del desvencijado edificio que les servía de guarida. Veinte minutos después llegaba a casa. Escuchó las voces alborotadas de sus hijos. Risas, pequeñas discusiones. Aspiró el olor que se colaba por debajo de la puerta. Hoy, para cenar, garbanzos con chorizo. Sonrió y entró. Los niños le recibieron con alborozo, y su mujer le saludó con un rápido «hola» desde la cocina.

―Me voy a dar una ducha antes de cenar ―dijo―. Hoy ha sido un día duro en el trabajo.

Sonrió una vez más, tranquilo y satisfecho, cogió una muda limpia del cajón y se dirigió al baño silbando por lo bajo.

Relato negro. El bosque de agua

24a (2)No tenía ni idea de cómo había llegado a esa situación, pero ahí estaba, en el salón de su casa, sentado en cuclillas sobre una gruesa alfombra enrollada en el suelo. Dentro de la alfombra estaba Borja, un petimetre mal nacido que llevaba semanas sacándole de sus casillas. El muy idiota no sabía con quién se la estaba jugando. Una risa socarrona más, un nuevo desplante, una burla, una sarta de insultos mientras preparaban la cena. Se reía incluso de su propio nombre.

―Carlos ―le decía―, ese no es nombre para un maricón hecho y derecho. Deberías llamarte Charles, que tiene más glamour. Carlos, Carlitos, Carlangas… Carlos el de los cojones largos -Y estallaba en una carcajada tan estruendosa que impedía cualquier protesta por su parte.

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Reseña. «Vienen mal dadas», de Laura Gómara

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La empatía es una de las mayores virtudes del ser humano, así que vamos a practicar.

Imagina que eres una joven a la que han plantado poco antes de tu boda. De regalo, tu exnovio te ha dejado el piso que comprasteis a medias y una hipoteca monumental a la que no puedes hacer frente. Las cosas se complican y llega el desahucio. Estás en la calle, pero sigues debiendo la hipoteca.

Encuentras un cuartucho en un piso compartido y consigues dos trabajos. Apenas duermes, comes lo que puedes, a veces lo que encuentras olvidado sobre la mesa de un restaurante o los restos del catering de tu empresa, y te esfuerzas por mantener la dignidad. Porque eso es lo único que nadie puede quitarte: la dignidad y, si me apuras, la mala leche.

Así estás cuando, de pronto, un hombre al que no conoces de nada te propone participar un «asunto» en el que nada puede fallar y que puede solucionarte la vida.

No tienes nada que perder.

Empaticemos. ¿Tú qué harías cuando vienen mal dadas?

Esta es la reflexión a la que me ha llevado la lectura de la primera novela de Laura Gómara, una obra en la que no sobra ni una palabra, en la que en cada página aporta la información justa para que no tengas más remedio que seguir leyendo, avanzando en una trama tan bien hilada, tan real e intensa, tan exenta de artificios o adjetivos innecesarios que antes de que te des cuenta has devorado el libro y llegado al final.

Podemos hablar de la potente narrativa de Laura Gómara, que ha decidido no ceñirse estrictamente a los cánones del género negro pero que logra mantener la intriga de principio a fin; de sus diálogos contundentes y ágiles; de la trama, perfectamente hilvanada y entrelazada; de la descripción, física y social, de una Barcelona actual y de los estragos que la crisis ha dejado a su paso, pero si hay algo que destaca por encima de todo en esta novela son sus personajes. Todos los «habitantes» del libro tienen su particular historia, casi siempre descarnada, pero han decidido agarrarse a la esperanza con uñas y dientes. Para todos ellos la esperanza tiene nombre y apellido: Hugo Correa, el Gallego, un maleante con pintas de chulo y putero que arrastra un pesado lastre en el alma y que está convencido de que sólo la venganza le dará la paz. Y mientras llega ese momento, prepara el gran golpe, ese que les sacará a todos de la miseria.

El contrapunto del Gallego es precisamente la protagonista de la novela, Ruth Santana, una joven mileurista que malvive al borde de la miseria, que se resiste a acudir a la caridad y que se empeña en pagar sus deudas por encima de todo, incluida su propia salud. Digna, altiva, analítica y observadora, tiene que lidiar con su propia situación y con la de su madre, una sanguijuela que no ve más allá de sus propias necesidades y que intenta exprimir a su hija en su propio beneficio.

Junto a ellos, un elenco de secundarios (David Muñoz, Quim Bosco, el Niño, el Charro, Eusebio, Canales y Arteaga, entre otros) que nos gustarán más o menos, pero que juegan un papel primordial en esta novela coral perfectamente dirigida y orquestada por una Laura Gómara que ha entrado por la puerta grande en el mundo de la literatura.

Cuando abrimos Vienen mal dadas no nos queda más remedio que empatizar y acompañar a Laura y al resto de la banda hasta la última página. El final, por cierto, no desmerece en absoluto al resto de la novela, como sucede en demasiadas ocasiones con historias estupendas que se estropean en las últimas páginas. No es el caso, y eso también es de agradecer.

 

‘Vienen mal dadas’

Laura Gómara

Editorial Roca

Páginas: 304

Precio: 17,90 €

http://www.rocalibros.com/roca-editorial/catalogo/Laura+Gomara/Vienen+mal+dadas

 

Reseña. «Escrito en negro», de Martín Olmos

El libro

Escrito-en-negroColgaron a un elefante en Tennessee por matar a un pelirrojo. Le marcaron la jeta a Capone. Jack destripó a una ramera. Paco el Muelas le vendió a un primo un tranvía. Asaetaron a san Sebastián. Mataron al Jaro, que solo tenía un cojón. Al general Galtieri le salió corta la meada. Le hicieron un cuplé a un legionario. William Burroughs le voló la cabeza a su mujer. Norman Mailer acuchilló a la suya. Le dieron lo suyo a Rodney King; le zurraron los pasmas durante ochenta segundos y se volvió loca la jungla. El Lobo Feroz servía de garrafón. El Bizco del Borge miraba torcido y disparaba derecho. Lincharon a dos desgraciados en San José y se forraron los tasqueros. Se cargaron al Ringo en un burdel de Nevada; andaba guapeando a una coja. Perpetuaron el revés de Billy el Niño. En la calle de la Princesa vivía una vieja marquesa. La Dulce Neus enseñó las peras en el Interviú. El general Millán Astray era desmontable. Estamparon camisetas con la cara del caníbal y les pusimos nombres a los monstruos. Siguiendo los pasos de aquellos ciegos que contaban crímenes en las plazas de pueblos y ciudades, pero con los ojos más abiertos y con mucha más documentación, Martín Olmos nos narra con detalle crímenes y criminales, conformando con esta galería todo un compendio del mal en estado puro.

 

El autor

Martín Olmos (Bilbao, 1966), es un escritor y periodista, colaborador del Diario El Correo. Ha sido proclamado ganador del Premio Euskadi de Literatura 2015 por una selección de relatos sobre crímenes que conmovieron al mundo y personajes de vidas azarosas, publicados cada domingo en las páginas de Culturas y Sociedad del diario El Correo y que han sido recopilados en el volumen Escrito en negro (una tarde con la canalla). Es también un notable dibujante, cuyas ilustraciones acompañan a sus historias acentuando la atmósfera dramática que las envuelve. Las crónicas negras de Martín Olmos han merecido el premio Rodolfo Walsh a la mejor obra de no ficción en la última Semana Negra de Gijón, y en 2014 ganaron el XX Premio Literario Bodegas Olarra & Café Bretón.

 

Mi reseña

Soy una lectora voraz desde que puedo recordar. Cuando, de niña, no tenía ningún libro a mano y en mi barrio todavía no existía ninguna biblioteca pública, leía los libros de texto del colegio. Creo que por eso sacaba buenas notas. En mi caso, la educación actual, tan práctica y apegada a las nuevas tecnologías, cada vez más alejada del papel, me habría abocado sin duda al fracaso escolar.

Digo esto sólo para explicar que leo mucho, muchísimo, y que a estas alturas de mi vida hay pocos libros que me sorprendan, me conmuevan o me hagan hablar de ellos con quien se me cruce en mi camino. Sin embargo, en los últimos meses ha habido un título que me ha dejado con la boca abierta, me refiero a Martín Olmos y su “Escrito en negro”.

“Escrito en negro (Una tarde con la canalla)” fue una sorpresa de la primera a la última página. Historias cortas, una recopilación relatos breves (que algunos han llamado ensayo, aunque yo no me atrevería a tanto) llenos de muerte, de asesinos, de una guasa con retranca de otros tiempos, con una economía de palabras y unos giros lingüísticos que hacen que su lectura se convierta en un divertimento incomparable, una tarde en un parque de atracciones literario.

La publicación recopila los artículos que el autor ha publicado a lo largo de los años tanto en el diario El Correo como en su propia página web (https://martinolmos.wordpress.com/).

Narra Martín Olmos historias de violencia de distintas épocas, con personajes unas veces por todos conocidos, como Billy el Niño, la dulce Neus, Urtain o el Lute (que ya no quiere ser el Lute, sino don Eleuterio), y otras veces historias disparatadas, como los elefantes (sí, elefantes) que fueron ahorcados en Estados Unidos como viles criminales después de acabar con la vida de sus cuidadores (por no llamarlos maltratadores).

Pero lo que más destaca de este libro es, sin duda, la maestría con la que Martín Olmos ataca el lenguaje, acomodándose sin aparente esfuerzo al tiempo y al lugar en el que se desarrolla el relato. Será un bonaerense porteño en un momento dado, y un negrata de Los Ángeles cuando recuerde a Rodney King; “escucharemos” a un legionario y a un españolito de la posguerra, rufián y malencarado; aprenderemos a llamar a la navaja por su nombre (jifera, falceña, quimbo, faca, mojosa, flamenta, chifla, serdañí…) y, sobre todo, el lector que tenga la fortuna de leer esta recopilación de relatos pasará un rato tan agradable que, mucho tiempo después, todavía sonreirá al recordar las tribulaciones de cierto rey, amante de cazar elefantes en tiempos de crisis, con unos yernos que “le han salido fulastres, uno se viste raro y el otro es carterista”.